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lunes, 21 de marzo de 2011

POR EL RECUERDO DE CARLOS

Hoy 21 de marzo, se cumple un aniversario más de uno de los momentos más difíciles que me ha tocado vivir.
Un día como hoy, pero de 1993, un grupo de amigos y yo, nos encontrábamos en una población cercana a nuestra ciudad, haciendo una labor que correspondía al grupo parroquial al que pertenecíamos. Muchos jóvenes y adultos de esa población se encontraban en una convivencia (especie de retiro que organizábamos para dar a conocer a Jesús). Una de las actividades que se hacían ahí dentro era que los conviventes escribieran una carta a sus parientes diciendo todo lo que estaban viviendo y aprendiendo ahí dentro. El asunto es que nosotros llevábamos esas cartas y además, acostumbrábamos llevar de regreso una respuesta para ese convivente.
En esa actividad nos encontrábamos todos (alrededor de 15 amigos) en Cotaxla, cuando, después de comer, a alguien se le ocurrió la idea de ir al río a refrescarnos un poco. Todos los que estábamos en ese momento estuvimos de acuerdo, aunque, desgraciadamente, las mujeres no podíamos meternos a nadar, puesto que no llevábamos ropa adecuada para hacerlo, mientras que los chicos lo único que tenían que hacer era quedarse en shorts y disfrutar del agua.
Para nadie fue necesario ponerse a pensar si estábamos haciendo bien o no. Al fin jóvenes, pensamos que era algo inofensivo, solo para divertirnos un poco mientras esperábamos el momento adecuado de regresar al puerto a llevar las respuestas a los conviventes.
Todos comenzaron a meterse al rio, mientras nosotros nos quedábamos fuera, esperando a que pasara el tiempo. Apenas unos minutos después, los que estaban del otro lado  y que ya habían atravesado el río, comenzaron a gritarnos y hacernos señas, preguntando si sabíamos dónde estaba Carlos.
De nada sirvió buscar, gritar, amenazar (Carlos era muy bromista y a veces había que hablarle fuerte para que se aplacara), volver a buscar y gritar. Carlos simplemente no aparecía. Uno de los chicos que iba con nosotros, oriundo de esa población estaba realmente preocupado, puesto que el rio tenía fama de “violento” y mandó a traer a otro joven que conocía bastante las corrientes y el fondo de dicho rio.
En verdad no fue mucho el tiempo que pasó, simplemente fue suficiente. Encontraron a Carlos enredado entre las raíces de los árboles que se encuentran en las orillas del rio. Sin vida, por supuesto.
Aún ahora, 18 años después, no logro ser capaz de describir la desesperación tan grande que se siente cuando vez la vida de un ser querido escaparse de esa manera tan estúpida y tan repentina, y sobre todo, provocada por la inmadurez y la irresponsabilidad tan grande de parte de todos nosotros.
Todos los que estaban del otro lado del río gritaban y gritaban que fuéramos por el doctor, que tomáramos la camioneta y fuéramos a buscar al doctor. La frustración tan grande que sentí en ese momento, todavía me cimbra desde dentro: no sabía manejar vehículos standard y no podía tomar la camioneta para ir por el médico.
Enfrente todos apurados, pensando que todavía se podía hacer algo. De este lado, las mujeres sin poder hacer nada, gritando histéricas para saber qué había sucedido y cómo estaba Carlos. De pronto alguien dijo: ¡atraviesen el puente!
La carrera a lo largo del puente se me hizo eterna, me sentía tan sola mientras corríamos por ahí (supongo que mis compañeras se sentían igual). Pensaba en Carlos, en su mamá que estaba enferma, en lo que le íbamos a decir; en el párroco y en el guía del grupo, que de alguna manera también eran responsables de todos nosotros. Pensaba en los otros compañeros que también iban con nosotros pero en otro vehículo y se encontraban del otro lado del pueblo. Pensé en cómo íbamos a avisar a Veracruz, a quién le iba yo a hablar para avisarle, cómo lo iba a hacer. . . .  Pensé en mil cosas mientras corríamos por el maldito puente que se me hizo eterno.
Cuando llegamos del otro lado, todos los muchachos estaban desencajados, llorando maldiciendo, recriminándose para sus adentros. Carlos estaba recostado en la orilla del rio, sobre muchas de las mismas raíces que le costaron la vida. La gente de alrededor, como si estuviera acostumbrada, ya había traído una sábana y una veladora que pusieron a los pies de Carlos.
Todo era tan surrealista, parecía un mal sueño. Necesitaba que en esos momentos llegara alguien, quien fuera, a despertarme de esa pesadilla que no sabía ni de dónde había salido.
El doctor llegó, el Ministerio Público también. Solo para certificar lo que ya todos sabíamos: Carlos había muerto. Lo que había comenzado como parte de una actividad hermosa que siempre realizamos con gusto por los conviventes que estaban conociendo a Cristo, se volvió de pronto en una pesadilla negra, negra.
No recuerdo cómo fue que llegó la ambulancia, ni cómo subieron a Carlos a ella. Lo único que recuerdo es haber llegado a la caseta del teléfono para hacer la llamada que nadie quería hacer. Tuvimos que llamar a Veracruz, al negocio de un amigo del grupo, para pedir que fueran a llamar a Patty, la chica que en esos momentos era la cabeza del grupo de jóvenes. Todavía no sé de dónde saqué las palabras, el aire, ni siquiera la saliva para mojar mi garganta y atinar a decir algo coherente.
Este ha sido el cortejo fúnebre más largo, más triste y más pesado al que he asistido en mi vida. Los autos detrás de la ambulancia, los rostros desencajados, desmoralizados y demolidos. 15 jóvenes de entre 17 y 25 años, desorientados, sin atinar a saber si teníamos culpa de lo sucedido, si podíamos haberlo evitado, sin saber en qué momento debíamos haber dicho que no. ¿Cuántos habrán pensado “pude haber sido yo”?
El traslado a la morgue, y después cada uno para su casa, solo para cambiarse e irse al velorio de nuestro amigo y afrontar a la familia. Una noche muy larga.
Hubo quien nos echó la culpa de lo sucedido. Yo creo que también fue parte de la frustración que sentía en ese momento. Yo pienso que la responsabilidad de lo sucedido la tenemos todos, pero hablar de culpa nunca me pareció correcto. Al fin y al cabo, si lo que querían era hacer que cargáramos con la losa para siempre, pues no había mucho que hacer. Por lo menos yo, la cargo desde ese mismo día y jamás ha habido nada que aligere por lo menos un poco ese peso.
Por eso sufro con mis alumnos, con mis sobrinos, con los jóvenes en general que creen que tienen la vida comprada y avanzan por ella como si nada les pudiera pasar, como si nada pudiera pasarle a su compañero. Manejando sus vehículos a altas velocidades sin pensar en las vidas que están en juego ni en las consecuencias de un acto infantil que sólo vale por un momento.
A mí me costó muy caro aprenderlo. La vida de un ser humano.
A tu recuerdo Carlos.
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