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domingo, 6 de marzo de 2011

LA VIDA ES UN CARNAVAL


Desde ayer ya le andaba dando vueltas al asunto. Mis hijas tenían unas ganas locas de ver un desfile de carnaval, pues nunca han visto uno, así que, muy a mi pesar, comencé a considerar la posibilidad de llevarlas a uno. El primero de preferencia, para evitar a todas las personas que lleven alcoholizadas más de 24 horas y que, obviamente no respondan de sus actos. Me puse de acuerdo con una amiga y mi marido y allá vamos los 5 con todas las reservas del mundo, esperanzados en encontrar lugar todavía en las gradas para poder apreciar adecuadamente los carros alegóricos y las comparsas.
Desde que salimos de casa ya salimos estresados: dos regaños, un llanto, la paz que se perdió durante unos instantes. Las carreras primero, para después esperar, en fin.
Nos hicimos de unos lugares, pero yo no tenía muchas esperanzas de poder estar tranquilamente en ellos. Y como fue, apenas empezó el desfile, las personas de adelante se pusieron de pie sin importar lo más mínimo que atrás hubiera dos niñas. Y bueno mis hijas encantadas, viendo por donde podían, porque al fin y al cabo era la primera vez y cualquier cosa ya para ellas era ganancia. Las personas de atrás gritando y bailando; y cada vez que bailaban, me pegaban en la espalda con sus piernas. Las de junto también gritando bailando como locos, tomando licor como lo mismo y cada vez encimándose más sobre mi amiga que terminó quitándose de ahí. No faltaron los “colados” (personas que no pagaron boleto, pero que se metieron de todos modos), tapaban cada vez que se subían y luego otra vez, cada vez que los bajaban.
Sinceramente más que alegría, el carnaval me genera tristeza. No dudo que muchos vayan dispuestos a divertirse sanamente, pero sí debemos reconocer que son los menos. El ver cómo, paulatinamente, aquel que llegó bien, va perdiendo la compostura y se destrampa bajo los efectos del alcohol y la algarabía desmedida y malentendida, me parece la cosa más triste. Y se puede ver en personas de todas las edades, y todas las condiciones.
El orden brilla por su ausencia. Aquel control que predominaba cuando yo era pequeña y empezaba a ir a los desfiles de carnaval, cuando estaba a cargo de los marinos la seguridad y compostura de los espectadores, manteniéndolos “a raya” para que no invadieran ni incomodaran a las bastoneras o miembros de la comparsa, ahora es nulo. Cada quien hace lo que quiere, los hombres entran a abrazar a las bastoneras y tomarse fotos, las mujeres entran a bailar con los de las comparsas, todo el mundo se cruza cuantas veces quiere, etc. la verdad a mí estas cosas me sacan de mis casillas porque soy amiga de mantener el orden incluso cuando se está uno divirtiendo.
En fin, lo único que valió la pena –para mí- fue la aparición de Yuri en uno de los primeros carros alegóricos a cargo del Gobierno del Estado. Una cantante que ha sido un orgullo para Veracruz, aún en sus peores épocas, cuanti mas en éstas, donde ha encaminado su vida de una manera más tranquila.
Resumiendo, nos tiramos 3 horas y media de pan con lo mismo y finalmente, después de otros regaños más, 10 veces de “tengo sed”, 5 veces de “tengo hambre”, unas cuantas de “¿A qué hora nos vamos?” y otras mas de “Tengo frío”, tuvimos que abandonar poco antes del final debido a un contundente: “Tengo ganas de ir al baño y ya no aguanto más”.
Así que, aunque la intención inicial sí se cubrió cabalmente (que las niñas se divirtieran y vieran un desfile de carnaval), la verdad es que yo creo que ni a ellas mismas les quedaron ganas de una experiencia semejante.
Finalmente, el tema del Carnaval dice "Así es nuestra vida" y si, creo que tiene razón, aunque no le veo nada de positivo a eso.

Algo para resaltar: mientras estábamos esperando, minutos antes de que comenzara el desfile, un grupo de pelícanos surcó el cielo a todo lo largo del boulevard donde nos encontrábamos. Pasaron relativamente bajos, teniendo en cuenta que había un helicóptero pasando de vez en cuando y mucho ruido bajo ellos debido a los puestos de cerveza y comida con sus estruendosas bocinas. Cuando las aves marinas se abrieron para formar su famosa “V” se escuchó un “¡¡aaaahhhhhh!!” de asombro y beneplácito por parte de los que estábamos abajo y observando aquel “fenómeno” natural. Debo decir que, aunque durante el desfile se escucharon muchos gritos, groserías, cantos, porras, silbidos, relajos, etc. nada, nada se comparó ni un poquito, a aquella expresión de asombro ante algo tan sencillo como el vuelo sincronizado de un grupo de pelícanos.
Y entonces yo me pregunto: ¿qué hacemos los tontos humanos esperando con ansias un festival de la carne que sucede una vez al año, si tenemos semejante manifestación de hermosura (entre muchos otros que la naturaleza nos regala) todos los días y a la misma hora?
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