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viernes, 12 de marzo de 2010

AUSENCIA DE DIOS


Publicado en MI ESPACIO el 20 de septiembre de 2006, pero como si hubiera sido ayer.
En recientes fechas, he vivido una experiencia que no sé bien cómo definir, resulta que he estado visitando una página de preguntas y respuestas que tiene en servicio una conocida empresa de correo electrónico. Al principio, para mí fue algo nuevo y emocionante, pues el hecho de saber la opinión de otros usuarios de distintas partes del mundo sobre un tema en particular, pues siempre es educativo y entretenido. Sin embargo, conforme fui avanzando y viendo cada día más y más diferentes categorías, me fui dando cuenta de una verdad triste, pero actual y real: la cada vez más fuerte ausencia de Dios en nuestra juventud.
Es increíble la clase y la cantidad de preguntas acerca de Dios, que lejos de hacerme pensar que estamos en la búsqueda de un nivel espiritual más elevado, me sitúa en una realidad que desconocía hasta hace poco, la suponía, pero no tenía pruebas: hay una enfermedad peor azotando al mundo, la soledad.
Cuando uno se siente solo, vive enojado con todo el mundo, se amarga, culpa a los demás de su soledad, lo niega cuando alguien le pregunta y dice que así se siente bien y que está solo por decisión propia.
Así me parecen muchos jóvenes hoy, cuya característica principal parecería ser un constante enojo contra todo y contra todos.
Yo creo que no están enojados con Dios, al que ni siquiera conocen, sino con todas esas personas que se han cruzado en su vida repartiendo a Dios a “bibliazos”, criticando en lugar de amando, condenando en lugar de perdonando. Aquellos que lejos de predicar con el ejemplo se han dedicado a señalar sólo “los pecados”, “las tentaciones”, “los malos pasos”, etc. Pero que no han visto la viga que tienen en el ojo propio. Desgraciadamente entre estos falsos testigos podemos contar de todo, desde  representantes de la Iglesia en general, hasta personas comunes que comparten nuestra vida, pasando por personas pertenecientes a todas las religiones. Algunos que te dicen que vas al infierno directo si no crees en lo que ellos creen. Otros que se dicen cristianos y a la mera hora no lo son, pues no creen que Cristo es Dios vivo, cuántos más que adaptan los pasajes de la Biblia para su propia conveniencia y abusan de los miembros de la comunidad.
Todo esto me lleva a preguntarme si realmente la crisis es de la juventud actual; o no será que la crisis la estamos viviendo dentro de la Iglesia (refiriéndome como Iglesia a TODOS los cristianos). ¿No será que nos hacemos bolas con tanta regla, tantas leyes, tantos artículos, tantas cosas, que cuando nos damos cuenta ya perdimos de vista lo más simple que Jesús pudo dejarnos, la enseñanza del amor a Dios y al prójimo? ¿No será que nos olvidamos de dar testimonio de amor, al dedicarnos a descalificar a las otras religiones que no practican los mismos rituales que nosotros? Nos dedicamos a cuestionar las diferencias en lugar de resaltar y dar a Gloria a Dios por lo que nos une.

Muchos de estos jóvenes pierden toda su energía criticando a la jerarquía de la Iglesia Católica y a todas las creencias en general, argumentando que son enajenantes, abusadoras y mentirosas, pero no hacen nada por demostrar que se puede ser un buen ser humano sin necesidad de ésta autoridad (yo creo que sí se puede, siempre y cuando te lo propongas).

Otros, los más pobres, creen que insultando a Dios, a Cristo, a María y a los Santos, van  a aniquilar nuestra fe. Si realmente no creen en Dios, ¿por qué les preocupa tanto?
Al final de cuentas, soy de las personas que creen que cuando lleguemos al cielo no se nos va a preguntar si asistimos a misa o no, a cuántas o por qué. No se nos preguntará si cubrimos una cuota diaria de casas para visitar en la evangelización; no se nos preguntará si asistimos a algún congreso o a cuantos; si leímos la Biblia o no; si dimos el diezmo con regularidad y justicia, si enseñamos catecismo. Todas estas cosas son cosas buenas que nos ayudan a crecer y fortalecer el espíritu, además de predicar la Palabra de Dios, pero al final la pregunta clave será: “¿Amaste?”

Y Jesús contestó:  “[...] Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma,
con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas.
Y después viene este otro:
amarás a tu prójimo como a ti mismo.
No hay ningún mandamiento más importante que éstos”.
Marcos 12, 29-31


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