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martes, 2 de marzo de 2010

MI PAPÁ DEL CIELO

Recuerdo que hace muchos años, compartiendo un grupo de oración, una de las chicas acostumbraba hablar con Dios (al igual que todos), pero nos llamaba mucho la atención que siempre se refería a Él como “Señor”, pero además le hablaba de “usted”.

“Señor, gracias porque usted es bueno, porque usted me ayudó en este problema”, etc.

A mí en lo particular se me hacía poner a Dios muy lejano, más lejano aún de lo que acostumbrábamos ponerlo desde pequeños. Pero cuando conocí a Jesús, también conocí otro aspecto diferente de mi Dios.
Es por medio de Jesús que comienzo a conocer a Dios como un padre amoroso, lejano a aquel Dios vengador y violento del antiguo testamento, al que interiormente le tenía miedo cuando leía de pequeña ciertos pasajes.
Jesús nos transmite una sensación que abruma, que deslumbra, que sobrecoge, la sensación de   que el señor Dios es como el padre más querido y amoroso de todo el mundo.
Jesús experimentó en su propia carne que el Padre no es ante todo temor, es amor; que el Padre no es ante todo justicia, es misericordia; que el Padre no es ante todo su excelencia, su majestad, sino, amor, ternura, caricia, desvelo… Papá.

En la parábola del hijo pródigo, Jesús nos muestra la verdadera cara de Dios. Nos muestra al Padre justo, amoroso, preocupado, paciente, generoso. Un Padre que no se enoja con su hijo ingrato, que no le recuerda su fracaso, que no le abre la herida. Un Padre que sale al encuentro de aquel hijo triste, pobre, débil, avergonzado, humillado; y lejos de decirle “¿ya ves? Te lo dije.”, lo llena de besos, le pone vestidos nuevos, se alegra, lo abraza, lo “presume” ante los demás y no vuelve a tocar el tema que los separó.
Y entre la parábola del hijo prodigo podríamos decir que el joven Jesús le da una visión nueva al primer mandamiento: que de ahora en adelante no consistirá en amar a Dios, sino en dejarse amar por Dios. Jesús nos dice que el Padre nos ama, que debemos sentirnos libres porque donde hay amor no hay temor.

Dios ya tiene un nuevo nombre, en adelante no se llamará Yavé, Adonaí, de ahora en adelante lo llamaremos Padre.
De ahora en adelante adorar no significará cubrirse el rostro con las manos ante el nombre de Yavé, sino abandonarse en los brazos amorosos de quien desde siempre y para siempre ha sido y será nuestro querido Padre.

Basado en la reflexión 
"El Dios de la Ternura"
de Ignacio Larrañaga
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