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jueves, 11 de marzo de 2010

IV. ES INDISPENSABLE EL SACRIFICIO PARA PODER AMAR.




La historia de la humanidad es un entretejido de sufrimientos de diversa índole. Después del pecado de Adán y Eva, la sentencia de Dios incluye un programa de dolor: “Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos” (Gen 3, 16), “con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra” (Gen 3, 19).
Hoy más que nunca, los seres humanos no quieren aceptar esta realidad dolorosa y buscan evasiones sin lograrlo. Pero cuanto más quieren escaparse, mas se hunden en el dolor moral que vacía su vida y hace desesperante su existencia.
Cristo no vino a eliminar esta ley de dolor, al contrario, la aceptó generosamente en su vida e hizo del sufrimiento un instrumento de santificación.
¿Por qué Cristo actuó de esta forma? ¿No tenía capacidad para eliminar el dolor y darnos una vida placentera?
No fue por falta de capacidad de Cristo, sino por nuestra necesidad. Nosotros necesitábamos que Cristo sufriera, para que nos diéramos cuenta hasta qué punto Él nos amó. El sacrificio de los padres para con los hijos es la prueba mas grande de su amor para con ellos.  Además nosotros necesitábamos que no quitara el sacrificio de nuestra existencia para crecer fuertes y entrenados para vencer el mal. Cristo no quiso cometer el error en el cual caen muchos padres de familia, quienes, no queriendo que sus hijos sufran lo que sufrieron ellos en su infancia, alimentan su egoísmo contentándolos en todo. El resultado es, en vez de dar hombres a la sociedad, dan holgazanes y buenos para nada.
El sufrimiento, entendido como Cristo lo entendió, fortifica al ser humano, lo purifica y lo hace capaz de amar. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).
Sufrir por sufrir es una autentica locura que no debe caber en la vida de los hombres. Pero sufrir por amor es la fórmula más perfecta para que el ser humano se realice en plenitud. La finalidad no puede ser el sufrimiento, sino el triunfo. No se echa en el surco el grano para que se pudra, sino para que dé mucho fruto.
Jesucristo sufrió la más ignominiosa muerte para salvarnos y demostrarnos su infinito amor. Aquí el sufrimiento está en función del amor, y cuando en un corazón hay amor, el sufrimiento no deprime, sino que le da mayor fuerza al mismo amor, y por ende, a la vida.
Cristo no vino a suprimir el sufrimiento, sino a transformarlo en energía que sirve para potenciar el amor.
Si esto lo vemos también bajo el aspecto puramente humano, comprenderemos que no se puede suprimir el sufrimiento en la vida de quien ama de veras, porque: “amar es entregarse, olvidándose de sí, buscando lo que al otro pueda hacer feliz”. Y este “entregarse olvidándose de sí”, exige sufrimiento a veces hasta el heroísmo.
No puede amar el que no está dispuesto a sacrificarse por el bien de los demás. Por lo tanto, si no se da amor auténtico sin el sacrificio, podemos concluir que quien rechaza el sacrificio, rechaza el amor y quien rechaza el amor, rechaza la vida; ya que una vida sin amor es una vida sin vida.
Las corrientes de origen oriental que quieren hacer desparecer el dolor, llevan al egoísmo, porque le quitan la fuerza al autentico amor, y por tanto, le suprimen valor a la vida.
Bajo el aspecto humano y cristiano, no solo no se puede quitar el dolor, sino que hay que aquilatarlo para ponerlo en función del amor, de la vida.

Pensamientos:
“Si no hay capacidad de sufrir, no hay capacidad de amar”
“El mundo sufre la desesperación porque muchos no quieren sacrificarse por amor”
“El camino del amor se teje con sacrificios”

Preguntas:
¿Cómo has concebido hasta ahora el problema del dolor?
¿Has entendido que el sufrimiento santificado por el amor es una fuerza para vivir mejor?
¿Qué te propones hacer para amar más y vivir con gusto esta vida que Dios te ha dado?
 P. Luis Butera
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