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martes, 18 de mayo de 2010

DESIERTO


El sábado pasado asistí a la última reunión del grupo de Talleres de Oración y Vida en el que estuve participando por 15 semanas. Esta especie de retiro se llama “Desierto” y aunque los años de experiencia que tengo en retiros y convivencias gracias al grupo juvenil parroquial al que pertenecí me sugerían de qué se trataba ésta última actividad, debo reconocer que no me esperaba lo que iba a experimentar.
Tal como se los dije al final a los compañeros, yo había tenido experiencias diferentes en retiros, escuchando pláticas y reflexiones; en congresos con celebraciones y oraciones especiales; en grupos de oración, etc. pero esto de quedarme completamente a solas con el Señor, durante más de 4 horas, fue totalmente nuevo para mí.
Mi vida ha sido un caminar interminable en el aprendizaje de la oración. Encontrar el modo correcto de comunicarme con mi Padre ha sido un constante buscar, practicar, crecer, tropezar, luchar, perseverar, tirar la toalla, dejarse vencer. Pero en todos estos momentos de búsqueda nunca había pasado más de dos horas, acompañada y, si acaso, una hora en soledad.
Recuerdo que cuando nos dijeron que nos apartáramos y que regresáramos al salón principal en cuatro horas, yo pensé: “¡Caramba! ¿Qué voy a hacer tanto tiempo sola?, ¡Me voy a dormir!” Curiosamente, a la hora de la retroalimentación, varias compañeras más pensaron lo mismo a la hora de retirarse.
Sin embargo, nadie se durmió, nadie se aburrió, nadie se quejó. A mí tuvieron que irme a buscar, porque el tiempo se me fue volando e incluso no alcancé a terminar lo que tenía planeado. Una compañera ni siquiera comió, porque no se dio cuenta de cómo había pasado el tiempo.
Definitivamente, una experiencia nueva y enriquecedora para mí, que ha dejado huella imborrable.
Gracias a mi Padre Amoroso por este taller y por este desierto en Su compañía.

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