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viernes, 27 de noviembre de 2009

EL DULCE ENCUENTRO QUE ME CAMBIÓ

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Señor permite que te hable hoy
Del dulce encuentro que me cambió
La hora feliz en que yo escuché
Tus palabras de amor.

El más hermoso recuerdo que tengo de mi vida, cumple el día de hoy 23 años. El día en que conocí a Cristo.

Corría la segunda mitad de la década de los 80 cuando vivía yo una de las etapas más difíciles de mi vida: la adolescencia. Siempre fui una niña rebelde, pero en estos años la rebeldía se acentuó más todavía y aunque gracias a Dios nunca caí en cosas como el alcohol, tabaco o drogas, sexo y asuntos por el estilo, mi manera de comportarme no dejaba muchas cosas claras para mis padres. A mí lo único que me mataba era el relajo. Podía quedarme hasta altas horas de la noche platicando en casa de alguna amiga, o charlando por teléfono. Era de esas chicas que pensaban que siempre serían jóvenes y que sus padres durarían por siempre para mantenerla con todos los lujos y necesidades al alcance de la mano. Mi habitación era un desorden, mis estudios eran un desorden, mi vida era un desorden.

Escapaba de casa tarde por las  noches, cuando ya mis padres dormían, para ir a bailar a una discoteque. Me encantaba bailar, pero no podía conseguir los permisos por la buena porque a mis padres simplemente no les gustaban los amigos con los que salía. Mi mejor amigo era homosexual. Y aunque ni él ni nadie me faltaron al respeto una sola vez, nunca me ofrecieron nada, nunca me obligaron a nada, ni quisieron darme a probar cosa alguna; aunque me cuidaban y me protegían, y ESTE amigo en particular siempre fue una buena persona. La realidad es que los medios en los que nos desenvolvíamos no eran los mejores que digamos.
Los enfrentamientos con mi madre eran cada vez más fuertes, más agresivos, más ofensivos. Ella no podía entender que mi corazón no podía hacer diferencias con mi amigo, que era una gran persona. Y yo no podía entender su preocupación ni sus prejuicios.

Un buen día, llegó un primo mío Adrian, acompañado de Roberto, un amigo suyo, para invitarme a asistir a una Convivencia.
-¡Qué demonios será eso!- pensé.
-Es un lugar donde te vas a encontrar con muchos jóvenes, te vas a divertir y vas a aprender muchas cosas bonitas, no puedo decirte mucho más.
-¿Se trata de cosas de la Iglesia?  No gracias.

Este fue el inicio de un calvario para mi primo Adrián que duró más de un año. Regresaba cada dos o tres meses a pasar por el mismo dialogo y alguna que otra cara grosera porque venía a sacarme de mis importantes actividades como dormir, escuchar música, leer, hablar por teléfono con algún amigo, etc. el asunto es que Adrián se cansó y no regresó más, y cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta al poco tiempo que el amiguito ese que le acompañaba, el tal Roberto había aceptado la estafeta y tomado gratis la responsabilidad de ir cada poco tiempo a hacer la dichosa invitación.
Ya lo alucinaba, con él sí me portaba más grosera porque él no era nadie de mi familia, no lo conocía y no quería conocerlo. Sus discursos acerca de la familia, la relación con Dios y el vivir una vida mejor me tenían harta y aunque no lo recuerdo con claridad, no dudo ni tantito que algún día le haya yo dicho algo insultante. El asunto es que él también se dio por vencido y nunca más regresó.
Era un frío día a principios de noviembre. Un domingo por la tarde me dirigía a la casa de una prima a bordo de un autobús, cuando me di cuenta que en el asiento de adelante iba Roberto. Mi reacción normal, (de haber sido yo) hubiera sido levantarme con sigilo e irme a un asiento trasero, lejos de él. Pero esa vez hubo algo que me arrastró y no dejó que hiciera lo que decía mi instinto.
-¡Hola!- saludé
-¡Hola! ¿Cómo estás?
-Bien. Oye ¿hay alguna convivencia pronto?­- así, a bocajarro, sin decir “agua va”. Hasta yo misma me sorprendí, no sentí que esas palabras estuvieran saliendo en realidad de mi boca. Y el pobre de Roberto, creo que ha de haber pensado “esta chica está bien loca, quién sabe si nos convenga tenerla en la Convi”.
-Sí –dijo él- el último fin de semana de noviembre, precisamente vengo de realizar las inscripciones, pero ya no hay lugar.
-Mmmhh, bueno ya ni modo.
-¿Querías ir?
-Sí.
-Deja ver si hay una cancelación y te aviso.
-Inscríbeme de una vez, en cuanto puedas.
-O.K.  – y se bajó del colectivo-
No podía creer en lo que había hecho. De manera natural soy muy tímida y no acostumbro hablarle a las personas así, a las que no conozco. Pero ese día fue algo o alguien más quien lo hizo.

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El jueves 27 de noviembre de 1986 a las 7 de la noche estaba yo ingresando a La Casona. Lugar donde se realizaban muchos de los retiros, convivencias, encuentros que organizaban los grupos parroquiales de la ciudad.
Desde el primer momento fue algo especial para mí. Había muchos jóvenes, pero también adultos. Muchos de ellos, los de casa digamos, tenían las caras radiantes, cantaban con guitarras, aplaudían, platicaban con personas que nunca habían visto en su vida. Sin saber por qué, desde el primer momento sentí que yo pertenecía a ese lugar.
Nunca volví a salir de ahí. Asistí a muchas convivencias más, ahora como servidora. Aprendí a tocar guitarra, me integré al coro de la parroquia, comencé a asistir a misa cada domingo. Me convertí en dirigente de ese grupo y durante 14 años no me separé de él (ni de ÉL).
En ese grupo conocí a mis mejores amigos (amigos hasta la fecha), conocí al que hoy es mi esposo, supe lo que era un Grupo de Oración y me enamoré de ese proyecto. Luché con otros compañeros para construir e integrar un grupo de adultos, con convivencias exclusivas para adultos. Y bueno, también viví algunas adversidades, pero de esas no quiero acordarme hoy.
He vivido dos experiencias parecidas, una antes y otra después de aquel fin de semana de noviembre, en grupos o movimientos reconocidos internacionalmente, pero por desgracia no se le ha acercado siquiera a la experiencia que viví en el Grupo de Convivencias. No voy a mencionar el nombre de los movimientos por respeto a todos los que han encontrado ahí su experiencia de Dios. Por desgracia, mi grupo nunca tuvo la bendición de convertirse en “movimiento” debido a muchas diferencias, envidias y cosas raras que venían de fuera y que no voy a mencionar hoy pues ha pasado mucho tiempo y no resuelve nada.
Hoy estoy de fiesta y nunca terminaré de agradecerle a Dios el que me haya guiado hasta este grupo donde fui tan feliz y de donde tengo los recuerdos más lindos de mi vida.

Elegidos del Señor, todos somos a la vez
Tú y yo, él también, nuestras vidas ya cambió.
Conocemos ya al Señor, 
agradecidos siempre estaremos
Con Cristo amigo y contigo mi Dios.
Gracias por Tu amor, gracias por escucharnos,
Gracias por perdonarnos, alabado sea el Señor.





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