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martes, 17 de noviembre de 2009

SAN JUAN DIEGO


"El águila que habla"
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
(1474-1548)




« Su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral,
su desprendimiento y su pobreza evangélica.  Llevando una vida de eremita, aquí, cerca del  Tepeyac, fue ejemplo de humildad.»


                         Juan Pablo II,  6 de mayo de 1990

 

Creo que éste es el más controvertido de todos los santos mexicanos. Muchos dicen que ni siquiera existió y le ponen en duda junto con el milagro del Tepeyac.
Sin embargo, el milagro sigue presente día a día, colgado en el interior de la basílica de Guadalupe y refrenda a su vez, la existencia, inocencia, confianza y santidad de Juan diego.
En 1990, en la ceremonia de beatificación de Juan Diego, el Papa Juan Pablo II se refirió a él como «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac» ¡Qué hermosa manera de llamar a Juan Dieguito! –como la Virgen lo llamó-
Su VIDA
Según la tradición, Juan Diego nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas. Su nombre indígena era Cuauhtlatoatzin, que significaba «Águila que habla», o «El que habla con un águila».

Ya adulto y padre de familia, fue bautizado por los primeros franciscanos, en torno al año de 1524 junto con su esposa María Lucía. Celebrado el matrimonio cristiano, vivió castamente hasta la muerte de su esposa. En el tiempo de las Apariciones, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad, y tenía apenas dos años de viudo ya que su mujer había muerto en 1529. Hombre de fe, fue coherente con sus obligaciones bautismales, nutriendo regularmente su unión con Dios mediante la eucaristía y el estudio del catecismo.

Juan Diego era profundamente piadoso, acudía todos los sábados y domingos a Tlaltelolco, un barrio de la Ciudad de México, donde aún no había convento, pero sí una llamada "doctrina", donde se celebraba la Santa Misa y se conocían "las cosas de Dios que les enseñaban sus amados sacerdotes". Para esto, tenía que salir muy temprano del pueblo de Tulpetlac, que era donde en ese momento vivía y caminar hacia el sur hasta bordear el cerro del Tepeyac.
LAS APARICIONES
El sábado 9 de diciembre de 1531 sería un día muy especial, pues al pasar a lo largo de la colina del Tepeyac  escuchó que provenía de ella un maravilloso canto y una dulce voz lo llamaba desde lo alto de la cumbre: "Juanito, Juan Dieguito". Llegando a la cima, encontró a una hermosa Doncella que estaba ahí de pie, envuelta en un vestido reverberante como el sol. María Santísima, se le presentó como «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». Hablando en perfecto náhuatl, se presentó como la Madre de Ometéotl, del único Dios de todos los tiempos y de todos los pueblos, cuya voluntad era que se levantara un templo en aquel lugar para dar todo su amor a todo ser humano, por lo que le pide que sea su mensajero para llevar su voluntad al obispo franciscano Juan de Zumárraga.
Después de una larga y paciente espera, el indio mensajero le comunicó todo lo que había admirado, contemplado y escuchado, y le dijo puntualmente el mensaje de la Señora del Cielo, la Madre de Dios, que le había enviado y que su voluntad era que se le erigiera un templo. Pero el Obispo no le creyó.
Juan Diego regresó al cerrillo ante la Señora del Cielo, y le expuso cómo había sido su encuentro con el jefe de la Iglesia en México. Juan Diego entendió que el obispo pensaba que le mentía o que fantaseaba, y con toda humildad le dijo a la Señora del Cielo que mejor enviara a algún noble o alguna persona importante ya que él era un hombre de campo, una persona común sin importancia, y con toda sencillez le dijo: “Virgencita mía, Hija mía la menor, Señora, Niña; por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía".
La Reina del Cielo escuchó con ternura y bondad, y con firmeza le respondió al indio: "Escucha hijo mío, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien encargue que lleven mi palabra para que efectúen mi voluntad; pero es necesario que tú personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se lleve a efecto mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber mi voluntad, para que haga el templo que le pido. Y de nuevo dile de qué modo yo personalmente, la siempre Virgen Santa María, que soy la Madre de Dios, te mando"
Así que al día siguiente regresó ante el obispo para nuevamente darle el mensaje de la Virgen y el Obispo le pide una señal que confirme su mensaje. Juan Diego al regresar abatido a su casa se encuentra con que su tío se encuentra gravemente enfermo y ante la inminente muerte le pide a su sobrino que vaya a la Ciudad de México a buscar un sacerdote que le diera los últimos auxilios, así que el 12 de diciembre, muy de mañana Juan Diego corrió hacia el convento de los franciscanos en Tlaltelolco, pero al acercarse al lugar donde se había encontrado con la hermosa Doncella, reflexionó con candidez, que era mejor desviar sus pasos por otro camino, rodeando el cerro del Tepeyac por la parte Oriente y, de esta manera, no entretenerse con Ella y poder llegar lo más pronto posible al convento de Tlaltelolco, pensando que más tarde podría regresar ante la Señora del Cielo para cumplir con llevar la señal al Obispo.
Pero María Santísima salió al encuentro de Juan Diego y le dijo: "¿Qué pasa Juan Dieguito, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?" El indio quedó sorprendido, confuso, temeroso y avergonzado, y le comunicó con turbación la pena que llevaba en el corazón: su tío estaba a punto de morir y tenía que ir por un sacerdote para que lo auxiliara.
María Santísima escuchó la disculpa del indio con apacible semblante; comprendía, perfectamente, el momento de gran angustia, tristeza y preocupación que vivía Juan Diego; y es precisamente en este momento en donde la Madre de Dios le dirige unas de las más bellas palabras, las cuales penetraron hasta lo más profundo de su ser y del mío y el de todos si tomamos para nosotros estas palabras maravillosas que la Virgen pronunció aquel día:
"Escucha (Tere, Luis, Martín, Carla, Alejandra, Ángel, Miguel. . .) y ponlo en tu corazón, Hijito mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante aflictiva (problemas, adversidades, obstáculos, engaños).
¿No estoy Yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo Mi sombra y resguardo? ¿No soy Yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de Mi manto, en el cruce de Mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?" Y la Señora del Cielo le aseguró: "Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno".
Y efectivamente, en ese momento, María Santísima se encontró con el tío Juan Bernardino dándole la salud, de esto se enteraría más tarde Juan Diego,
quien tuvo fe total en lo que le aseguraba la Reina del Cielo, así que consolado y decidido le suplicó inmediatamente que lo mandara a ver al Obispo para llevarle la señal de comprobación, para que creyera en Su mensaje.

La Virgen Santísima le mandó que subiera a la cumbre del cerrillo, en donde antes se habían encontrado; y le dijo: "Allí verás que hay variadas flores: córtalas y ponlas todas juntas: luego baja y tráelas a Mi presencia".
Juan Diego inmediatamente subió al cerrillo, no obstante que sabía que en aquel lugar no había flores, ya que era un lugar árido y lleno de peñascos, y sólo había abrojos, nopales, mezquites y espinos; además, estaba haciendo tanto frío que helaba; pero cuando llegó a la cumbre, quedó admirado ante lo que tenía delante de él, un precioso jardín de hermosas flores variadas, frescas, llenas de rocío y difundiendo un olor suavísimo; y comenzó a cortar cuantas flores pudo abarcar en el regazo de su tilma. Inmediatamente bajó el cerro llevando su hermosa carga ante la Señora del Cielo.

María Santísima tomó en sus manos las flores colocándolas nuevamente en el hueco de la tilma de Juan Diego y le dijo: "Mi hijito el menor, estas diversas flores son la señal que llevarás al Obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi voluntad; y tú..., tú que eres mi mensajero... en ti absolutamente se deposita la confianza”.

Después de un largo tiempo de espera pudo estar delante del Obispo, y él supo que portaba la prueba para convencerlo. En ese momento, Juan Diego, extendiendo su tilma, dejó caer en el suelo las preciosas flores; y se vio en ella, admirablemente pintada, la Imagen de María Santísima, como se ve hasta el día de hoy, y se conserva en su sagrada casa.


El Obispo Zumárraga, junto con su familia y la servidumbre, sintieron una gran emoción, no podían creer lo que sus ojos contemplaban, una hermosísima Imagen de la Virgen, la Madre de Dios, la Señora del Cielo impresa en la tilma de Juan Diego. El Obispo "con llanto y tristeza, le pidió perdón por no haber realizado su voluntad de inmediato. Además, el obispo confirmó también la salud del tío Juan Bernardino, quien declaró que en ese preciso momento a él también se le había aparecido la Virgen, exactamente en la misma forma como la describía su sobrino, y que la hermosa Doncella le había dicho su nombre:

LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE.   
Que desde aquel momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.
VIDA DE SANTIDAD
San Juan Diego, movido por una tierna y profunda devoción a la Madre de Dios, dejó los suyos, la casa, los bienes y su tierra y, con el permiso del Obispo, pasó a vivir en una pobre casa junto al templo de la «Señora del Cielo». Su preocupación era la limpieza de la capilla y la acogida de los peregrinos que visitaban el pequeño oratorio, hoy transformado en este grandioso templo, símbolo elocuente de la devoción mariana de los mexicanos a la Virgen de Guadalupe.

En espíritu de pobreza y de vida humilde San Juan Diego recorrió el camino de la santidad, dedicando mucho de su tiempo a la oración, a la contemplación y a la penitencia. Dócil a la autoridad eclesiástica, tres veces por semana recibía la Santísima Eucaristía.

Aquellos que en la actualidad hayan tratado con algún indígena devoto de la Virgen, darán fe de las características especiales que estos hombres y mujeres tienen: humildad, sencillez, entrega, fidelidad, honestidad, fidelidad. Así que no hallo fuera de límites la descripción que se hace de este Santo hombre.

Juan Diego, laico fiel a la gracia divina, gozó de tan alta estima entre sus contemporáneos que éstos acostumbraban decir a sus hijos: «Que Dios os haga como Juan Diego». Circundado de una sólida fama de santidad, murió en 1548.

El 31 de julio de 2002, SS Juan Pablo II proclamó públicamente la santidad de Juan Diego en una Solemne Misa de Canonización en la Basílica de la Virgen de Guadalupe en México.
Su fiesta la fijó el mismo Santo Padre el 9 de diciembre porque ése "fue el día en que vio el Paraíso" (día de la primera aparición).
La canonización de Juan Diego es un don extraordinario no sólo para la Iglesia en México, sino para todo el Pueblo de Dios.
"Y absolutamente toda esta ciudad, sin faltar nadie, se estremeció cuando vino a ver,
a admirar su preciosa Imagen. Venían a reconocer su carácter divino. Venían a presentarle sus plegarias. Mucho admiraron en qué milagrosa manera se había aparecido, puesto que absolutamente ningún hombre de la tierra pintó su amada Imagen."
ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, pp. 66-67

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