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sábado, 14 de noviembre de 2009

SI DE VERDAD CREES


Hace algunos años alguien me compartió la siguiente historia:
Había una vez un alpinista que gustaba de escalar las más altas cumbres, pero siempre solo. Estaba tan seguro de sí mismo y de su capacidad que no gustaba de compartir esos momentos frente la naturaleza. Cada vez que llegaba a una cima, se sentía libre, se sentía dueño, se sentía conquistador de la naturaleza, de la montaña, de todos los obstáculos que se habían cruzado en su camino.

Un buen día, mientras realizaba la última maniobra para llegar a la cima, algo salió mal, resbaló, perdió el control y quedó solamente tomado por sus dos manos, sin cuerdas, sin armes, sin nada. Solo la fuerza de sus manos lo sostenía del último pedazo de roca firme.
Sin pensar, aquel que tantas veces se había sentido superior, con el control total de su propia vida, sintiendo que vivía los últimos momentos de su existencia, exclamó lleno de pavor y angustia: “¡Dios mío, si es verdad que existes…ayúdame!”
Apenas un lejano eco respondió –si se le puede llamar responder a repetir de manera monótona las últimas palabras de tan desgarradora frase-.
“¡Dios mío, si es verdad que existes…sálvame!”
Los dedos resbalaban uno por uno, lentamente. Lastimando cada milímetro de piel.
De repente, de entre las nubes, desde el mismo cielo se escuchó el estruendo de una voz que le respondió y que le dijo con palabras claras y aplastantes:
“Hijo mío, si de verdad crees en Mí… ¡suéltate!”


Cuántas veces vamos por la vida creyéndonos dueños de todo y de todos. Desafiando la Voluntad de voluntades, creyendo que todo lo que construimos es sólo mérito nuestro. Y cuando nuestro castillo de arena se nos tambalea e irremediablemente cae, entonces nos volvemos contra Dios y no conformes con desbocar nuestra ira y frustración, todavía nos atrevemos a provocar y desafiar: “si es verdad que existes”, “si de veras me amas”, “si de verdad es Tu Voluntad la que predomina, entonces…”
Y como un martillazo al corazón y la conciencia, irremediablemente en alguna parte del camino deberemos escuchar: “Hijo, suéltate”
En lo personal me ha tambaleado el sólo recuerdo de esta historia, puesto que yo he sido una de esos que se han atrevido a desafiar la Voluntad, cuando he visto interrumpidos mis sueños, mis anhelos, mi vida tranquila y cómoda. He sido rebelde, inconforme, desafiante, renegada. Pero desde hace algún tiempo, por muchos y variados caminos he escuchado claramente la Voz, esa Voz que nadie más escucha, pero que suena fuerte y contundente: “Hija mía, si de verdad crees en Mí… ¡suéltate!
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