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sábado, 28 de noviembre de 2009

MARTIRES II



San Mateo Correa Magallanes
Nació en Tepechitlán, Zacatecas, el 23 de julio de 1866. Carente de recursos económicos, gracias a la generosidad de algunos bienhechores inició los estudios de primaria en Jerez y los concluyó en Guadalajara, Jalisco, en 1879. Dejó la capital de Jalisco en enero de 1881 para ingresar al seminario conciliar de Zacatecas. Ordenado presbítero el 20 de agosto de 1893, tuvo muchos destinos: la Hacienda de Mezquite; la Hacienda de Trujillo; la capellanía de San Miguel, en Valparaíso, Zacatecas; vicario cooperador de este mismo lugar y capellán de Mazapíl, Zacatecas.
Párroco en Concepción del Oro, Colotlán, Noria de los Angeles,  Huejúcar, Guadalupe, Tlaltenango. En 1923 regresó a Colotlán donde además fue vicerrector del seminario conciliar. Párroco insigne, se entregó con entusiasmo a su ministerio. Notable predicador, sus palabras movieron a muchos a la reconciliación; a su entusiasmo se debe el crecimiento progresivo de comités de la A.C.J.M. en aquella región. Abrumado por el trabajo y necesitado de un refugio, en diciembre de 1926 aceptó hospedarse en una casa de campo. El 30 de enero siguiente, una partida de soldados del ejército federal, a las órdenes del mayor José Contreras, atendiendo la denuncia de José Encarnación Salas, arrestó al párroco. Conducido a Fresnillo, Zacatecas, se le recluyó en la inspección de policía, y, posteriormente, en la cárcel municipal. Cuatro días después, fue remitido a Durango.
El 5 de febrero fue internado en la sede del seminario conciliar, convertida en jefatura militar. Horas más tarde compareció ante el general Eulogio Ortiz, quien, sin más, le ordenó: Primero va usted a confesar a esos bandidos rebeldes que ve allí, y que van a ser fusilados; después ya veremos qué hacemos con usted. El párroco aceptó de buen grado asistir a los condenados, a quienes alentó a bien morir. Cumplida su misión, el general Ortiz le dijo: “Ahora va usted a decirme lo que esos bandidos le han dicho en confesión”. “Jamás lo haré”, fue la respuesta. “¿Cómo que jamás? Voy a mandar que lo fusilen inmediatamente”. “Puede hacerlo, pero no ignora usted, general, que un sacerdote debe guardar el secreto de la confesión. Estoy dispuesto a morir”. La madrugada del día siguiente, 6 de febrero, un grupo de soldados lo trasladó al panteón oriente. Antes de llegar, en un paraje solitario y cubierto de hierba, le quitaron la vida y abandonaron el cadáver, el cual permaneció insepulto tres días. Hoy sus reliquias se conservan en la Catedral de Durango.


San Pedro de Jesús Maldonado

Nació en Chihuahua,  el 15 de junio de 1892. A los 17 años ingresó al Seminario Conciliar de esa diócesis. Alegre, amable y bondadoso, sus condiscípulos lo recuerdan ejemplar en su conducta y dedicado a los estudios. La supresión del seminario, en 1914, lo devolvió a su hogar. Se reincorporó al seminario al año siguiente. Antes de concluir regenteó una cátedra en el propio seminario. El 25 de enero de 1918 lo ordenó presbítero el Obispo don Jesús Schuler, S.J., en su catedral de San Patricio, en El Paso, Texas. Su primer destino fue San Nicolás de Carretas, Chihuahua. Su llegada a la parroquia coincidió con una terrible epidemia; sin reparar en los peligros, socorrió espiritual y materialmente a los afectados. Párroco de Santa Isabel, desde enero de 1924, atendía con entusiasmo la catequesis infantil, y se granjeaba a los adultos con cantos y representaciones teatrales. Restauró las asociaciones extintas, fundó nuevos grupos apostólicos y encendió el entusiasmo y la piedad eucarística de sus feligreses.
Durante la persecución religiosa decidió permanecer entre los suyos. Aunque los llamados arreglos de junio de 1929 implementaron un modus vivendi entre ambas corporaciones, en Chihuahua, a partir de 1931, el anticlericalismo se recrudeció. En 1934 las autoridades públicas desterraron al párroco de Santa Isabel a El Paso, Texas. Tan pronto como le fue posible regresó a su parroquia, estableciéndose en Boquilla del Río, a tres kilómetros de Santa Isabel. El 10 de febrero de 1937, miércoles de ceniza, después de confesar a muchos feligreses en ese lugar, fue capturado por un grupo de hombres ebrios y armados. Apenas pudo rescatar el relicario con la reserva eucarística. Descalzo y a pie, seguido por un nutrido contingente de fieles, se le condujo a Santa Isabel. Apenas lo tuvo ante sí, el presidente municipal lo tomó de los cabellos y le propinó un golpe antes de conducirlo a la presencia de Andrés Rivera, cacique de la región, quien, sin más, con tremendo pistoletazo le fracturó el cráneo en círculo y le hizo saltar el ojo izquierdo. Tirado en el piso, los esbirros arremetieron en su contra. La víctima, casi inconsciente, oprimía el relicario contra su pecho. Horas después un grupo de fieles lo trasladaron al hospital civil de la ciudad de Chihuahua. Falleció a las cuatro de la mañana del día siguiente, el 11 de febrero de 1937. Sus restos se conservan en la Catedral.


San Jesús Méndez Montoya
Nació en Tarímbaro, Michoacán, el 10 de junio de 1880. Ingresó a los 14 años de edad al seminario conciliar de Michoacán, dedicándose con tesón al estudio. Presbítero desde el 3 de junio de 1906 ejerció el ministerio en Huetamo, Pedernales, y Valtierrilla. Sus feligreses lo recuerdan rezando el oficio divino en el atrio de la parroquia o de hinojos ante el sagrario. Celebraba la misa con mucha devoción y siempre estaba dispuesto a reconciliar a quien lo solicitara. Devoto de la Virgen María, la honraba con particular lucimiento durante las fiestas marianas. Promotor de acción social, cuidó con esmero de la escuela parroquial, algunas obras de beneficencia, fundó una cooperativa de consumo y el círculo de Obreros Guadalupanos. Cuando la persecución religiosa aconsejaba huir para salvar la vida, el padre Méndez decidió ocultarse y seguir trabajando en la clandestinidad. Celebraba la misa al rayar el alba, visitaba a los enfermos durante el día y por la noche bautizaba a los niños en los domicilios particulares. En distintas ocasiones manifestó su deseo de recibir el martirio: “...a quien le toque morir así, será una dicha”.
La madrugada del 5 de febrero de 1928, terminaba de celebrar la misa en uno de los anexos del curato, al escuchar las descargas de la fusilería del ejército federal, a cargo de un coronel de apellido Muñiz, que se posesionaban de Valtierrilla. Ocultó el copón con el sagrado depósito bajo la tilma que le servía de abrigo e intentó escapar, pero en ese intento fue aprehendido por los soldados que ya ocupaban el edificio. Al descubrirle el copón le preguntaron: ¿Es usted cura?, a lo cual les respondió: “Sí, soy cura”. Y añadió: “A ustedes no les sirven las hostias consagradas; dénmelas”. Después de unos instantes de recogimiento, arrodillado, las consumió. Acto continuo, uno de los soldados lo conminó: “Deles esa joya a las viejas”, refiriéndose a la hermana del ministro y a la sirvienta. “Cuídenlo y déjenme, es la voluntad de Dios”, manifestó como despedida. Luego, dirigiéndose a los soldados, dijo “Ahora, hagan de mi lo que quieran. Estoy dispuesto”. Y sus labios se sellaron.
Una escolta lo condujo a una calle próxima a la plaza del pueblo. Lo sentaron a horcajadas en una viga de madera, sostenido por dos soldados; el capitán Muñiz intentó dispararle a quemarropa, pero su pistola se trabó. Ordenó a los soldados que le dispararan con sus rifles; tres veces lo intentaron, pero ningún disparo hizo blanco. El oficial ordenó al prisionero que se pusiera de pie; lo despojó de su sotana y de un crucifijo y algunas medallas que llevaba consigo; lo colocó junto a unos magueyes y de nuevo le disparó, quitándole la vida. Eran las siete de la mañana del día 5 de febrero de 1928. Sus restos se guardan en Valtierrilla, Guanajuato.



San David Uribe Velasco
Nació en Buenavista de Cuéllar, Guerrero., el 29 de diciembre de 1888. En 1902 se matriculó en el seminario conciliar de Chilapa. Ocurrente sin ser grosero o insidioso, unió su índole inquieta a una sólida piedad. Despierto y dedicado, alcanzaba sin engreimiento los primeros lugares en concursos y exámenes públicos. Ordenado presbítero el 2 de marzo de 1913, misionó en el Tabasco de relajadas costumbres, vicios e impiedad. Párroco de Zirándaro, los movimientos armados le impidieron desarrollar su ministerio en ese lugar. De nuevo en Chilapa, durante cinco meses prestó servicios en la Catedral y en el seminario. En 1917 fue nombrado párroco de su pueblo natal, conquistando en poco tiempo el cariño de su feligresía. En 1922 pasó a Iguala.
Al suspenderse el culto público, el 1 ° de agosto de 1926, fue desalojado del curato, hospedándose desde entonces en un domicilio particular. Regresó a Buenavista, pero también las circunstancias le fueron adversas, decidiéndose a partir a la Ciudad de México. En febrero de 1927, ansioso de regresar a su parroquia, escribió: “Si la situación se prolonga me iré; poco importa que mi sangre corra por las calles de la histórica ciudad de Iturbide”. Al día siguiente, consignó: “Si fui ungido por el óleo santo que me hizo ministro del Altísimo, ¿por qué no ser ungido con mi sangre en defensa de las almas redimidas con la sangre de Cristo? Este es mi único deseo, éste mi anhelo”. El 7 de abril de ese mismo año, dispuso su regreso a Iguala.
Tripulante del ferrocarril, un militar lo invitó a pasar al carro del general Adrián Castrejón, quien, apenas lo tuvo junto a sí, le propuso adherirse a la iglesia cismática a cambio de apoyo y libertad; el clérigo rechazó las ofertas una tras otra, hasta que, muy molesto, el militar decretó su aprehensión. La noche del lunes 11 de abril de 1927, incomunicado y aherrojado, escuchó la sentencia de muerte. Le fue permitido escribir esta despedida: “Declaro ante Dios que soy inocente de los delitos de que se me acusa. Estoy en las manos de Dios y de la Santísima Virgen de Guadalupe... perdono a todos mis enemigos y pido a Dios perdón a quien yo haya ofendido”. A las 3:00 hrs. del día siguiente una escolta lo trasladó al kilómetro 168 de la carretera a México. Al pisar tierra se arrodilló para orar, al incorporarse dirigió a sus verdugos estas palabras: “Hermanos, hínquense que les voy a dar la bendición. De corazón los perdono y sólo les suplico que pidan a Dios por mi alma. Yo, en cambio, no los olvidaré delante de Él”, dicho lo cual distribuyó entre ellos sus pertenencias. Uno de la escolta le disparó a la cabeza, segándole al instante la vida. Sus reliquias descansan en la iglesia parroquial de Buenavista de Cuéllar, Guerrero.

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