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miércoles, 28 de octubre de 2009

EL PERDÓN


Hace pocos años presencié una escena en televisión que me marcó profundamente. Estaba viviendo en Canadá y allá es común que transmitan programas de Estados Unidos, entre estos programas está uno que transmite algunos juicios o audiencias sobre casos especiales o muy conocidos. Esa vez, andaba yo saltando de canal en canal sin poder encontrar algo que me interesara, cuando me llamó la atención la escena que se estaba reproduciendo en uno de los canales estadounidenses.
Se trataba del caso de un multi homicida que había violado y asesinado a más de 25 niñas. Por lo que vi, el juicio ya estaba cerrado y lo único que se hacía en ese momento era escuchar a los familiares de las victimas expresar su opinión acerca de la sentencia a la que tenía que ser sometido este sujeto.
Todos y cada uno de los representantes familiares (padres, hermanos, abuelos) de las víctimas fueron pasando uno por uno a leer sus opiniones sobre el futuro de este sujeto. Obviamente todos querían la muerte para él. Todos querían la silla eléctrica, todos le escupieron en el rostro la amargura, el odio que dejó sembrados en ellos desde el momento en que les arrebató a sus pequeñitas. Todos lo veían con rabia, queriendo tal vez tomar justicia por su propia mano y deseando para él todo el sufrimiento que seguramente experimentaron las pequeñas víctimas y todo el sufrimiento que había dejado en los corazones de las familias y de la sociedad en general.
Mientras cada familiar pasaba a desbordar su odio y a exponer los motivos por los cuales este hombre debía ser sometido a la pena de muerte, el criminal en cuestión permanecía impávido, mirando fijamente al frente y esbozando pequeñísimas sonrisas de vez en cuando. No mostraba sentimiento alguno. Escuchaba, seguro; pero parecía no hacerlo por la nula reacción que mostraba ante tanto improperio y tanto odio.
Hasta que llegó ella…
Una señora de unos 45 o 50 años. Se veía acabada, con el cabello canoso; su voz era suave y la voz no le temblaba como a los demás cuando dirigió la palabra al condenado. Su hija adolescente había sido secuestrada, violada y asesinada por el hombre que tenía frente a ella. Se paró frente al micrófono y le dirigió unas palabras:
“Me has arrebatado a lo único que tenía en la vida. A mi razón de vivir, a mi alegría y mi esperanza. Pero no estoy aquí para condenarte. No te odio ni te desprecio. Quiero decirte que yo te perdono, te perdono desde hoy por todo el daño que me has hecho, porque no quiero llevar en mi corazón ni un momento más el odio y la amargura que he sentido hasta ahora. Que la ley de los hombres te imponga el castigo que merezcas y que Dios se apiade de ti”.
En esos momentos, el criminal se volteó a ver de frente a la persona que le hablaba (no lo había hecho con ninguno de los demás). La vio a los ojos y se echo a llorar. Como un niño, escondió su rostro entre los brazos recargados en la mesa que tenía frente a sí. Lloraba y lloraba, derrotado por el perdón de esta mujer a la que había causado tal vez el dolor más fuerte de su vida. Y yo lloraba junto con él de la misma forma en que lo hago ahora mientras narro la escena.
Porque no creo haber visto algo más fuerte en mi vida.
Primero lloraba y entendía a todos lo que pasaron antes, dolidos, furiosos, llenos de odio por haber perdido a sus hijas a manos de este monstruo perverso.
Después lloré sorprendida ante las palabras de esta mujer. ¡Cuánto valor! O cuánto amor, o cuánto Dios se necesita para hacer lo que ella hizo. Yo no sé si sería lo suficientemente fuerte para hacer algo parecido.
Y finalmente lloré con él, con el criminal. Con aquel monstruo convertido en niño que lloró tal vez ante el primer indicio de amor o compasión que sintió en su vida y que paradójicamente vendría de una persona a la que le hizo tanto daño.
No fueron las palabras duras, ni los insultos, ni el odio, ni el resentimiento lo que hizo que este hombre reaccionara. Fue el perdón.
Y habemos tantos en este mundo que ni siquiera podemos perdonar a aquel que habló mal de nosotros o que inventó un chisme o que nos robó dinero o que nos traicionó.
¿Qué se necesita para perdonar así?


"Padre, perdónalos, porque 
no saben lo que hacen"
(Lc. 23, 34)



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