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domingo, 31 de marzo de 2013

FUERA DE LUGAR



A veces pienso que no tengo la fuerza para ser seguidora de un equipo de futbol.
No entiendo cómo siendo mujer, me puede gustar tanto ese deporte, lo puedo disfrutar con mucha pasión, gusto, interés; pero no puedo ser capaz de proferir insultos, burlas o cosas peores en contra de los rivales, quienes quieran que éstos sean.
Durante el juego me apasiono por completo, me transformo, se me salen alguna que otra palabra más grande que las comunes (palabrotas), pero debo decir con toda honestidad que éstas pueden ir dirigidas al rival, al árbitro o a mi propio equipo.
No soy una aficionada “regular” porque puedo ver con total objetividad cuando mi equipo está jugando mal o cuando el rival está jugando bien.
Cuando perdemos por méritos del rival, soy capaz de reconocerlo; cuando perdemos porque no se hicieron bien las cosas, primero los insulto y después me enojo porque no tuvieron “pantalones” para hacer las cosas bien, pero no recurro a los infantiles recursos de decir que los otros se robaron el partido ni mucho menos.
Los árbitros son unos ineptos, sí; pero lo son para los dos lados. Yo no pienso que ese árbitro les quitó dos goles “legítimos” a mi equipo porque los otros le pagaron, o porque apostó dinero y así le convenía.
A veces pienso que para ser aficionado, debo tener a flor de piel esas prácticas cavernícolas que se veían en las caricaturas viejas, donde los hombres se golpean sin ton ni son y cuando uno sale vencedor se golpea el pecho y grita como hombre-mono, pela los dientes, y atemoriza a los que lo rodean para “demostrar” que no cabe la menor duda que es el vencedor o el más fuerte. Lo peor de todo es que en la actualidad, estas prácticas no se quedan en los cavernícolas ¡perdón! en los hombres, sino que también “el sexo débil” se ha agregado –para ratificar la igualdad de género que tanto sudor nos ha costado alcanzar, o cuando menos rasguñar-. De tal suerte que en foros, redes sociales y cualquier otro medio que se permita, antes, durante y al finalizar el partido, salen todos los hombres y mujeres del paleolítico a tirarse todas las armas conocidas y por conocer a la cabeza del contrincante sin importar si perdí o gané, si es justo o injusto, olvidándose por completo de si fue un buen partido o no. Ahí es donde ya no embono en el perfil del aficionado “regular” de hoy día. A mí me gusta el futbol por el futbol mismo. Disfruto mucho un buen partido aun cuando mi equipo pierda o empate y reniego totalmente del juego aun cuando mi equipo gane, si no hizo los méritos suficientes para merecerlo.
Hace apenas unos minutos, acabo de darme de
baja de una página de internet donde supuestamente apoyan al América –mi equipo-. Hoy ganamos el clásico de clásicos en mi país y los insultos, abusos, burlas, no se hicieron esperar; eso no es para mí. Sobre todo si tomamos en cuenta que las Chivas jugaron muy bien el primer tiempo y que tuvieron la desgracia de tener tres lesionados y un expulsado. Cosa que no fue culpa ni del rival, ni del árbitro.
Desde pequeños nos enseñan, que cuando jugamos un deporte, debemos aprender a saber perder, reconociendo en el rival, su superioridad del momento, su buen desempeño, su estrategia, etc. Pero igual de importante debe ser saber ganar; respetar el rival, valorar su esfuerzo, entender su sentir del momento, y celebrar, sí; pero no a costa del otro. Para ser grande –si se siente uno así- hay que tener la humildad necesaria para saber portar esa grandeza con dignidad. Me apena ver mucha gente querida envueltos en la inercia que generan los medios de comunicación y que en definitiva, no les permite apreciar un juego que –se supone- está dentro de sus favoritos.


En resumen, a veces me siento fuera de lugar, pero no puedo evitar disfrutar con todas mis ganas, un buen partido de futbol, sin importar los equipos que jueguen, el país que representen o quien gane o quien pierda. Simplemente por el placer de deleitarme con lo que considero el deporte más hermoso del mundo.
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