En medio de un fin de semana lleno de futbol debido al final de temporada regular, justo cuando me preparaba para dormir, he visto en internet una noticia que me ha cimbrado por la sorpresa: falleció a los 31 años de edad Antonio de Nigris víctima de un paro cardiaco.
Futbolista mexicano, que inició su carrera con Monterrey en 1999 y en México militó además con América, Pumas y Puebla. En España jugó en el Villarreal y Polideportivo Ejido; en Colombia jugó en el Once Caldas, en Brasil con el Santos; en Turquía con el Gaziantepspor, el Ankaraspor y el Ankaragücü; y jugaba actualmente en el AE Larisa de Grecia.
Fue convocado 21 veces a la Selección Mexicana, jugando 16 partidos y anotando cuatro goles, de los cuales se recuerda especialmente el magnífico disparo a las redes que hizo ante Brasil en su primera convocatoria.
Para todos a los que nos gusta el futbol, es una tristeza enorme enterarnos de situaciones como ésta. Antonio de Nigris, un jugador mexicano luchón, entregado, perseverante, que no le importaba el dinero que se le ofrecía en su país, siempre prefirió aventurarse en ligas extranjeras. Tenía hambre de sobresalir, de aprender, de trascender.
Que su historia quede como muestra de que, cuando se tiene amor por el deporte, no debe haber poder económico ni humano que te obligue a quedarte donde tú no quieres. Que la búsqueda de tu sueño te puede llevar por rumbos desconocidos, pero siempre te quedará el orgullo y la satisfacción de estar buscando lo que tú deseas y no lo que los demás te dicen que debes hacer.
Le sobreviven su esposa Sonia y su pequeña hija Miranda.
Es curioso cómo podemos tener cientos de héroes distintos en nuestra vida. Desde pequeños aprendemos a conocer y reconocer a los héroes nacionales. Nos enteramos de sus biografías, escuchamos las proezas que realizaron para darnos "Patria y Libertad". Algunos disfrutamos los relatos de nuestros maestros cuando nos narraban los sacrificios que tuvieron que hacer con tal de conseguir la tan preciada libertad que nos era negada por los conquistadores. La gran mayoría perdió la vida en el intento. Por eso siempre se les recuerda con emoción, admiración y gratitud.
Al pasar de los años nos vamos haciendo de otro tipo de héroes, mucho menos admirables que los primeros, pero que nos atrapan y se llevan nuestro reconocimiento: son héroes de papel, que de la misma manera en que llegaron, se desvanecerán. Deportistas, artistas, cantantes, gente de la sociedad, políticos, ¿? . . . mmmmhhhh. Sí ¿por qué no? Tal vez sean pocos pero seguramente los habrá (si conoces alguno por favor, envíame su nombre). Aunque definitivamente, ninguno de estos héroes modernos daría la vida por nosotros.
Pero hay otro tipo de héroe al que tenemos un poco (o un mucho olvidado): los santos.
Los Santos son nuestros héroes espirituales. Ellos también han hecho sacrificios , también han hecho infinidad de proezas diferentes y una gran cantidad de ellos ha perdido su vida en el martirio, en el sacrificio, en la enfermedad, en el sufrimiento, en la persecución. Ellos están en el cielo, y ruegan por nosotros con tal de que obtengamos también "PATRIA Y LIBERTAD". Pero de aquellas que no se acaban, que duran toda la eternidad Son nuestro modelo, son la esperanza para nosotros de que no es imposible llegar a la santidad desde nuestra humilde calidad de humanos.
Están ahí para que los admiremos y los veneremos.
¿No sería justo que, al igual que con nuestros héroes nacionales, nos interesáramos por conocer la vida de algunos de nuestros héroes espirituales?
Hace algunos años alguien me compartió la siguiente historia:
Había una vez un alpinista que gustaba de escalar las más altas cumbres, pero siempre solo. Estaba tan seguro de sí mismo y de su capacidad que no gustaba de compartir esos momentos frente la naturaleza. Cada vez que llegaba a una cima, se sentía libre, se sentía dueño, se sentía conquistador de la naturaleza, de la montaña, de todos los obstáculos que se habían cruzado en su camino.
Un buen día, mientras realizaba la última maniobra para llegar a la cima, algo salió mal, resbaló, perdió el control y quedó solamente tomado por sus dos manos, sin cuerdas, sin armes, sin nada. Solo la fuerza de sus manos lo sostenía del último pedazo de roca firme.
Sin pensar, aquel que tantas veces se había sentido superior, con el control total de su propia vida, sintiendo que vivía los últimos momentos de su existencia, exclamó lleno de pavor y angustia: “¡Dios mío, si es verdad que existes…ayúdame!”
Apenas un lejano eco respondió –si se le puede llamar responder a repetir de manera monótona las últimas palabras de tan desgarradora frase-.
“¡Dios mío, si es verdad que existes…sálvame!”
Los dedos resbalaban uno por uno, lentamente. Lastimando cada milímetro de piel.
De repente, de entre las nubes, desde el mismo cielo se escuchó el estruendo de una voz que le respondió y que le dijo con palabras claras y aplastantes:
“Hijo mío, si de verdad crees en Mí… ¡suéltate!”
Cuántas veces vamos por la vida creyéndonos dueños de todo y de todos. Desafiando la Voluntad de voluntades, creyendo que todo lo que construimos es sólo mérito nuestro. Y cuando nuestro castillo de arena se nos tambalea e irremediablemente cae, entonces nos volvemos contra Dios y no conformes con desbocar nuestra ira y frustración, todavía nos atrevemos a provocar y desafiar: “si es verdad que existes”, “si de veras me amas”, “si de verdad es Tu Voluntad la que predomina, entonces…”
Y como un martillazo al corazón y la conciencia, irremediablemente en alguna parte del camino deberemos escuchar: “Hijo, suéltate”
En lo personal me ha tambaleado el sólo recuerdo de esta historia, puesto que yo he sido una de esos que se han atrevido a desafiar la Voluntad, cuando he visto interrumpidos mis sueños, mis anhelos, mi vida tranquila y cómoda. He sido rebelde, inconforme, desafiante, renegada. Pero desde hace algún tiempo, por muchos y variados caminos he escuchado claramente la Voz, esa Voz que nadie más escucha, pero que suena fuerte y contundente: “Hija mía, si de verdad crees en Mí… ¡suéltate!
San Felipe de Jesús es el primer Santo mexicano de la Iglesia Católica.
Fue bautizado como Felipe de las Casas, hijo de españoles, nació en la Ciudad de México en mayo de 1572. Se dice que era un niño inquieto y travieso. Una leyenda cuenta, que el día de la muerte de Felipe, un árbol marchito floreció, porque en cierta ocasión su niñera harta de las travesuras de Felipe, dijo "¡Ay Felipe!, el día en que tú seas santo, este árbol florecerá". (Así que tengo bastantes esperanzas con mi hija la más pequeña).
Cuando era joven, ingresó al convento franciscano de Puebla, donde residía el Beato Sebastián De Aparicio. Pero Felipe duró muy poco allí, no resistió aquella vida y regresó a su casa.
Ejerció entonces el oficio de platero sin mucho éxito. Cuando había cumplido 18 años, su padre, Alonso de las Casas, lo envió a las Islas Filipinas a probar fortuna. Allí se estableció en la ciudad de Manila. Al principio estaba deslumbrado por la vida mundana, pero pronto sintió de nuevo la llamada del Señor: "Si quieres venir en pos de mí, renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme" (Mt.16,24). Felipe entró con los franciscanos de Manila. Esta vez ya había madurado y su conversión fue de todo corazón. Cambió su nombre al de Felipe de Jesús. Estudiaba y atendía a los enfermos. Todo lo hacía con la dedicación de un hombre que vivía para Jesús.
En 1596 sus superiores le anunciaron que ya se podía ordenar sacerdote. Como no había obispo en Filipinas, la ordenación sería en México, su ciudad natal, junto con su familia y amistades de infancia. Con ese fin se embarcó en el galeón San Felipe, pero una gran tempestad desvió el barco hasta que naufragó en las costas del Japón. Felipe interpretó su naufragio como una dicha. Podría entregarse más a Cristo por la conversión del Japón.
Sin embargo, muy pronto fueron capturados por los perseguidores de los cristianos. Los franciscanos fueron llevados en procesión por varias ciudades, desde Kioto, para ser objeto de burla, les fueron cortadas una oreja a cada uno y finalmente en la ciudad de Nagasaki, en una colina que domina sobre la ciudad y la bahía, fueron dispuestos los mártires ante las cruces que les habían preparado.
« ¡Qué abrazado estaba con su cruz fray Felipe!», contaba un testigo...Felipe de Jesús murió atravesado por 2 lanzas el 5 de febrero de 1597.
Felipillo, Felipe de las Casas Martínez, se abrazó a la cruz de la cual fue colgado, suspendido mediante cinco argollas, pero las de sus tobillos estaban mal ajustadas, y sus pies resbalaron repentinamente del pedal de la cruz, quedando su garganta oprimida por el aro de acero puesto en su cuello.
Ahogándose, moviendo desesperadamente la cabeza, sólo pudo decir sus últimas palabras: "Jesús, Jesús, Jesús". A sus gritos corrieron los soldados y mirándole en agonía rematan al mártir clavando sus lanzas: dos lanzas atravesaron sus costados, una el costado derecho y otra en el corazón, y cruzándose en el pecho, salieron por sus hombros. Felipe de Jesús fue el primero en morir en medio de todos aquellos gloriosos mártires.
Era el 5 de febrero de 1597; muere el primer Santo Mexicano, San Felipe de Jesús, primer mártir del Japón, Mexicano Universal.
Según relata una leyenda, ese mismo día la higuera seca de su hogar tomó vida y dio fruto. Felipe había llegado a la santidad más heroica.
Fue beatificado junto con sus compañeros mártires el 14 de septiembre de 1627 y canonizado el 8 de junio de 1862 por el Papa Pío IX.
Una de las dos iglesias romanas dedicadas a la Virgen de Guadalupe, en la Vía Aurelia, 677, lo tiene por segundo titular.
En la colina de los mártires de Nagasaki, la iglesia que corona el conjunto de construcciones está dedicada a San Felipe de Jesús.
La Iglesia Católica en México lo considera patrono de la Ciudad de México y de su Arzobispado.
Hace algunos días, mientras escribía el post sobre el perdón, recordé una experiencia vivida en mi grupo de oración hace algunos años. Estábamos en una reflexión acerca de la Crucifixión y cuando llegamos al momento en que Jesús pide al Padre que perdone a quienes lo agreden “porque no saben lo que hacen” nuestra oración dio un giro que nadie habría previsto momentos antes.
Fuimos inspirados para rogar por todas aquellas personas que hacen daño a los seres humanos: asesinos, malos gobernantes, violadores, terroristas, ladrones, narcotraficantes, guerrilleros, secuestradores y muchos más formaron parte de la oración elevada a Dios esa noche.
Cuando terminamos, los comentarios eran variados, pero todos nos sentíamos extraños, fuera de sitio, desubicados. Pero estábamos conscientes de que a eso habíamos sido llamados esa noche. En lo particular creo que Jesús nos dejó una enseñanza invaluable en ese momento en la Cruz, al interceder aún en esos momentos por aquellos que le hacían tanto daño. Pues efectivamente, ellos no sabían lo que hacían. Es decir, obviamente sí sabían que estaban matando a un hombre inocente, pero está claro que nunca se dieron cuenta que ese hombre era hijo de Dios.
De la misma forma, los hombres entregados a la perversidad actual, saben que están haciendo cosas fuera de la ley. Saben que están haciendo daño a muchas personas, pero no saben (porque no conocen a Dios), lo que están haciendo en contra de Dios y de sus hijos.
Aunque nos sintamos raros, creo que nuestro deber es poner en nuestras oraciones a todas esas personas que están entregadas al mal, que dañan, asesinan, roban, etc. a otros seres humanos. Ellos son, al fin de cuentas, quienes más necesitan de esas plegarias. Estoy convencida de que Dios las escuchará.
Aprendamos y repitamos junto con Esteban: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (He. 7, 60)
Nosotros hagamos nuestra parte, que Él se encargará de la Suya (Rom. 12, 19-21)