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jueves, 8 de abril de 2010

LECCIONES


Esta Semana Santa fue bien diferente para nosotros. Pero de todas las cosas inesperadas que nos pasaron he decidido compartir la que más me ha dejado marcada. Precisamente el Jueves Santo, a eso de las 2 de la tarde, mi madre me comunicó que el esposo de una prima mía había fallecido. Bueno, el shock fue inmediato, fue algo que no esperábamos; no había enfermedad de por medio, ni nada que pudiera habernos preparado para algo así.
El velorio esa noche fue para mí la primera lección; le he comentado a mis papás que ese, sin duda, ha sido el velorio con menos gente al que he asistido en mi vida (cuando yo estuve, alrededor de unos 8 y al otro día, alrededor de unos 20). Yo no puedo decidir si esto es bueno o malo, eso depende de las personas involucradas. Habrá quien prefiera estar así para no ser importunado con tanta gente que a veces no sabe uno ni quién es. El asunto es que yo esperaba mucha gente más, pues el esposo de mi prima era una persona bastante conocida y ella también tiene muchísimas amistades, sin mencionar que nosotros pertenecemos a una familia bastante grande. Entonces, ¿qué fue lo que pasó? Que el deceso tuvo el “tino” de ocurrir en días no laborables para la mayoría de los mexicanos, quienes tratan de aprovecharlos y por lo regular viajan o reciben a familiares que los visitan. Además hay que agregarle que los familiares que quisieron venir al sepelio desde otras partes del país, no pudieron hacerlo al no poder encontrar pasajes ni de avión ni de autobús.
Al otro día, viernes, sería la misa y el sepelio. Segunda situación adversa: no hay donde conseguir a un sacerdote en pleno Viernes Santo. Supongo que por eso la celebración comenzó con más de media hora de retraso, menudo lío han de haber tenido. Finalmente llegó un Ministro de la Palabra a realizar la celebración. Una lección más: yo he sido testigo de cuanta gente devalúa a estos ministros de la Palabra por no ser sacerdotes. Yo he presenciado y escuchado la manera en que se les desestima y se les aparta. Pero no nos ponemos a pensar que el Espíritu Santo sopla donde quiere y habrá muchos Ministros que sepan predicar con tanta claridad, efectividad, caridad y objetividad como éste que nos tocó este día. Nos ha compartido una homilía sobre el perdón con unas palabras tan claras y tan directas, que no había ni la mínima duda de lo que quería decir el Señor por medio de su Ministro. 
En la sala había dos hermanas que tenían meses sin dirigirse la palabra, en algún momento de la Homilía llegué a pensar “Dios mío, ¿qué va a suceder a la hora de la paz?”  Con tan poca gente, no había oportunidad para hacerse el desentendido y evadirse del momento. ¿Qué fue lo que pasó? Que los que estábamos enterados, fuimos testigos de la reconciliación más hermosa que puede haber entre dos hermanas que se han amado toda la vida. “Dios mío, una resurrección horas antes de celebrar La Tuya”.
Todo ocurre por algo. La hora de mi primo llegó cuando tenía que llegar; a pesar de la tristeza, el dolor de mi prima y su familia, los que creemos en el amor de Dios, sabemos que él ya está disfrutando de la vida eterna junto al Creador. Pero que haya sucedido en este día, que por causa de eso haya habido tan poca gente, que las dos hermanas hayan estado solas, sin más familiares que las influyeran en su sentimiento de enojo, que el Ministro haya sido el único al que pudieron encontrar disponible, y que todo eso haya desembocado en una reconciliación inolvidable, es algo que supera por mucho mi conocimiento de los tiempos de Dios.

No me cabe la menor duda de que durante su vida, Juan hizo muchas cosas buenas. Pero me admira que aún hasta el último instante de su paso por esta tierra, Dios lo hizo instrumento para derramar Su Amor entre nosotros.
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