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jueves, 4 de febrero de 2010

A SACAR AGUA DEL POZO


Hace muchos años aprendí a hacer oración. Y la aprendí bien, la practiqué bien durante mucho tiempo. Una de las cosas que más me apasionaba eran los grupos de oración. Pertenecí y dirigí uno durante casi 10 años.
Esos momentos de compartir, de orar individual y grupalmente, dieron muchos frutos. Frutos espirituales y frutos visibles.
Pero el tiempo pasó, el grupo se desintegró, y lógicamente, al igual que el atleta que deja de ejercitarse, la voluntad, la condición, la práctica, el espíritu se nubló ante la vorágine de la vida.
He seguido haciendo oración, sí. Y yo misma pensaba que estaba bien, que había aprendido bien y que de hecho, cada vez que hablaba con mi Padre, decía y externaba todo lo que yo sentía; y cuando se trataba de escuchar, pues no lo hacía del todo mal. Pero en estos días, acabo de re-aprender cómo es el asunto con el dialogo con mi Padre.
Hasta hace poco la situación era como cuando yo era joven y me acercaba a mi papá: “¿Qué onda pa´? (saludo). Oye, ¿me das dinero? (petición). Vale, gracias (agradecimiento). Bye”
Apresurada, sin preparación, sin silencio, sin entrega, sin compromiso.
Hoy he comenzado a recordar tantas cosas aprendidas hace muchos años, que me hicieron sentir, tener una experiencia de Dios propia; iniciar una relación personal con mi Padre.
Este tema de la oración, ciertamente da para mucho; y en el camino me he topado con diferentes puntos de vista, que sin juzgar si están bien o están mal, lo comento a continuación.
Hay quien dice que para hablar con Dios, no hacen falta demasiados formulismos, que con decir “Hola” ya se ha entablado un dialogo. Te dicen que sólo expongas lo que sientes y lo que piensas y que Dios siempre escuchará. No lo dudo. Porque Dios escucha aunque no hablemos.
Y por otro lado, están aquellos que recomiendan hacer todo un ambiente para entablar la comunicación con Dios. Relajarse, poner la mente en blanco, leer tal vez un fragmento de la Escritura, meditar en ella, escuchar lo que Dios me quiere decir, reflexionar sobre qué puntos de mi vida toca esa Palabra, etc.
Lo más común es que la mayoría de las personas pretextamos que no tenemos tiempo para todas esas cosas y que basta y sobra con decirle a Dios “gracias por este día, acompáñame y bendíceme” o algo por el estilo.
Yo he probado los dos métodos y hoy por hoy, estoy retomando el segundo. En mi caso, el tiempo no es pretexto: lo tengo de sobra mientras mis niñas están en la escuela.
Y practicando esta manera de hacer oración me he recordado de unos pensamientos de Santa Teresa acerca de esto mismo que me han servido de mucho en el pasado y retomo ahora en estos días:
Dice Santa Teresa que aquellos que nos decidimos a hacer oración debemos a hacer de cuenta que tenemos un huerto al que hay que regar y cuidar para que Dios tenga placer en venir a recrearse.
Para regar este huerto (con la oración) disponemos de 4 formas de hacerlo:
1.      Sacando agua del pozo.
Obviamente es el más difícil, el que lleva más trabajo, pero definitivamente es así como comenzamos a hacer la práctica de la oración. Con mas trabajos, con cosas que nos distraen, que nos interrumpen. Nos da flojera simplemente acercarnos al pozo, sacar un poquito de agua y llevarlo hasta el huerto. Si no perseveramos y nos esforzamos, lógicamente nuestro huerto se va a secar rápidamente.

2.      Ayudándonos con una noria:
Es un poco más fácil que lo anterior y por supuesto que se saca más agua. Esta parte la experimenté yo cuando, después de mucha práctica, podía, además de mantener una comunicación con mi Padre, sacar en claro muchas cosas que Él me pedía para mi vida diaria. Era cuando no me costaba mucho trabajo crearme el ambiente para poder entablar una conversación con Él.

3.      Con el agua de un río:
Aunque es mucho menos el trabajo que se realiza con la noria, alguno habrá que hacer para encaminar el agua. Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de manera, que casi él es el hortelano, y el que lo hace todo. Dice Santa Teresa que “El gusto, suavidad, y deleite es más sin comparación que lo pasado; es que da el agua de la gracia a la garganta a esta alma, que no pueda ya ir adelante, ni sabe cómo, ni tornar atrás”.
Se dice en esta fase que es Dios mismo quien toma ahora el oficio del hortelano y se dedica a regar con gracias a nuestra alma y espíritu.
“…es tanto el gozo, que parece algunas veces no queda un punto para acabar el ánima de salir de este cuerpo: ¡y qué venturosa muerte, sería!”


4.      Con el agua de lluvia:
“En toda la oración, y modos de ella, que queda dicho, alguna cosa trabaja el hortelano; aunque en estas postreras va el trabajo acompañado de tanta gloria, y consuelo del alma, que jamás querría salir de él; y así no se siente por trabajo, sino por gloria.”
A pesar de que esta agua viene del cielo y es pura gracia del Señor. No podríamos pensar que para ello dejara de hacer algún esfuerzo el hortelano, siempre ha de tener cuidado que cuando falte una agua, pues procurar la otra.
Recuerdo haber leído alguna vez que decía Santa Teresa que cuando logramos llegar a este nivel de oración, seremos capaces de entregarnos a la contemplación aún en medio de una plaza llena de gente y ruido.

Aunque esto me parezca muy lejano e inalcanzable, la realidad es que sólo Dios sabe hasta dónde podré avanzar en la práctica de la oración. Y sólo Él dará esa agua de la que nos habla Santa Teresa a Su entera voluntad.
Por lo pronto, me encuentro muy contenta y esperanzada, preparando el huerto y dispuesta a hacer el esfuerzo necesario para sacar esa agua del pozo profundo en el que se encuentre.

"La oración es el encuentro de la sed de 
Dios y de la sed del hombre"
San Agustín

Fuente: Obras de Santa Teresa  


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