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miércoles, 10 de abril de 2013

CASUALIDADES IMPOSIBLES I



Muchos de ustedes sabrán ya que me encanta leer. Aunque no tengo todo el tiempo que quisiera para practicar mi hobby, ahí como puedo me voy dando mis escapadas literarias. Por eso ahora, he querido traerles esta serie de "curiosidades" que me encontré en la red, todas ellas relacionadas con escritores famosos. Lo he puesto en varias entregas semanales, para que no se haga cansado leer. He aquí la primera.

"La nave Apolón se posó en la superficie de la Luna. Tras varios pequeños brincos pudo estabilizarse. Se abrió su rampa y por ella descendió el comandante Armstrong para pisar por primera vez el suelo de ese mundo desconocido". Estas palabras no pasarían de ser una escueta y muy sucinta crónica de la llegada del Hombre a nuestro satélite de no ser por un "insignificante" detalle: fueron escritas en 1954.

La cosa no es baladí. Nadie sabe qué se le pasó por la cabeza al sombrío escritor Lester del Rey para que presentara en su editorial un manuscrito donde, por gracia de la casualidad imposible, se narraban hechos que estaban aún por llegar. Hay quien dice que el comandante astronauta Neil Armstrong, al leer aquella "novelucha" de insignificante tirada, se encogió de hombros. Él había sido, efectivamente, el primer hombre en dar el célebre "gran paso para la Humanidad" sobre la llanura de la Luna, tras bajar por la escalerilla del Apolo. Lo hizo en julio de 1969. Lo que nadie comprendía es por qué alguien lo había escrito quince años antes. Ramón Felipe San Juan Mario Silvio Enrico Álvarez del Rey (1913-1993) era el nombre, o la ristra de nombres, del escritor que había tecleado el futuro. Tan escasos como eran sus lectores en la década de los cincuenta, pocos repararon en el detalle contenido en el interior de la primera edición de su novela Misión a la Luna. Lester del Rey, cumpliendo encargos para baratas colecciones de ciencia-ficción fue "profetizando" alguna que otra cosa durante su prolífica, aunque no muy exitosa carrera. Al final, y aunque la suerte le sonrió como editor, nunca quiso aclarar a sus seguidores el por qué de aquella casualidad. Hombre digno del género que cultivaba, se llevó el secreto a la tumba. 
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En la época de aquel librito, que por lógica se acabó convirtiendo en incunable de culto, el irlandés Jonathan Swift ya llevaba dos largos siglos instalado en el Olimpo de los escritores inmortales gracias, sobre todo, a una obra compleja y llena de insólitas revelaciones: Los Viajes de Gulliver. Gestada en 1726, ha llegado hasta nuestros días encorsetada en el género que los críticos llaman "literatura juvenil". Y craso error sería hacer caso de las filiaciones de estos sesudos. Las fantásticas crónicas de Swift son, en realidad, una especie de lobo con piel de cordero; un oscuro saco sin fondo donde se mezclaron ideas revolucionadas, datos científicos inauditos, sincronías inexplicables y sobre todo, coincidencias imposibles de achacar al azar.
Si hoy buceamos cuidadosamente por sus páginas encontraremos párrafos que nos harán pensar. Uno de los más enigmáticos dice lo siguiente:
"Se ven en el cielo dos estrellas menores o satélites que giran alrededor de Marte, tienen nombre de miedo y su interior dista del planeta central tres veces su diámetro, en el caso de la primera, y el quíntuple en caso de la segunda...
Swift agregaba que en ese planeta rojo los seres tenían un solo ojo en mitad del cráneo y que hasta él se llegaba a bordo de "montañas volantes repletas de lunas". ¿Fantasía? ¿Imaginación desbordada? Eso se pensó en su época, aunque hay que reconocer que un escalofrío recorrió el espinazo de los lectores cuando comprobaron, 156 años después, cómo el astrónomo Asap Hall descubría las dos lunas de Marte. Jamás vistas hasta entonces, fueron bautizadas como Fobos (espanto) y Deimos (terror), el nombre de los caballos del dios de la guerra. Para añadir más misterio e incomprensión, las distancias y proporciones descritas en los viajes de Gulliver eran... ¡exactas¡

CONTINUARÁ . . . .
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