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sábado, 9 de enero de 2010

ESTE DOMINGO

El Bautismo del Señor

El día del bautismo de Jesús se vio que el cielo se abría, que el Espíritu Santo bajaba en forma de paloma y se oyó una voz del cielo que decía: “Tú eres mi hijo amado”
El día de nuestro bautismo no se vio ni oyó nada extraordinario, pero es tan cierto que es de fe, que el cielo se abrió (para cada uno de nosotros); que el Espíritu Santo bajó sobre nosotros; y que el Padre eterno nos dijo a cada uno de nosotros: “Tú eres mi hijo amado”.
En el bautismo de Cristo y de cada uno de nosotros todo fue igual.
Lo que ya no fue igual fue lo que sucedió después; Jesucristo, como dice san Pedro en los Hechos de los Apóstoles, “paso haciendo el bien”.
Nosotros, la mayoría – ungidos también por el Espíritu Santo -, hemos pasado buena parte de nuestra vida o haciendo el mal o no haciendo todo el bien que podemos hacer. Afortunadamente, podemos empezar a hacerlo a partir de hoy.
Dios no se arrepiente nunca, y cada uno de nosotros sigue siendo su hijo amado.
TÚ ERES MI HIJO
Lo dijo el Padre Eterno cuando Juan el Bautista hizo correr las aguas del rio Jordán sobre la cabeza de Jesucristo.

Lo dijo también, sin duda alguna, el Padre Eterno cuando el sacerdote que nos bautizó derramó sobre nuestra cabeza las aguas bautismales; porque mediante el bautismo, el Hijo de Dios nos hizo verdaderamente hijos de Dios. De modo que Jesucristo y nosotros somos hijos de Dios, predilectos suyos, objetos de sus complacencias. Él y nosotros con una misión muy similar y específica:
Cristo, la de anunciar el Evangelio y salvar al mundo.
Los cristianos, la de dar testimonio de ese Evangelio, viviendo conforme a sus enseñanzas, y la de salvar por lo menos, a ese pequeño mundo que nos rodea:
Ese matrimonio nuestro que quizá se nos está deshaciendo entre las manos por falta de atenciones, de muestras de afecto, de perdones…
Esa familia nuestra que quizá se nos está desintegrando por falta de diálogo y de comprensión…
Esos hijos nuestros, que también por su bautismo son hijos de Dios…
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