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martes, 30 de noviembre de 2010

EN EL AUTOBUS 00

Los autobuses de mi ciudad son una verdadera vergüenza. Están todos destartalados, pequeños, incómodos, mal pintados, etc. Si el sistema de transporte público estuviera en manos del gobierno estatal, tal vez –y sólo tal vez- estaría un poco mejor el servicio. Pero así, perteneciendo a un sinnúmero de concesionarios, que sacan licencias de rutas que están súper saturadas, pues esto se ha convertido en un problema de grandes proporciones.
El Gobernador Fidel Herrera (que deja el cargo en estos días), intentó tomar en manos del gobierno este problema, pero creo que simplemente no le cupo en las manos. Resulta que tenemos decenas de rutas y miles de unidades corriendo por las calles y avenidas de nuestra ciudad de forma desordenada, temeraria y hasta asesina. Contaminando, pues son unidades viejísimas que obviamente no cumplen con los requerimientos básicos para proteger al ambiente, al pasajero y hasta al chofer.
Los choferes de los autobuses de mi tierra, no reciben un sueldo fijo. Ellos ganan, digamos que por comisión. Cada vez que alguien se sube, paga una tarifa y el chofer le da un boletito, según la cantidad de pasajeros que levante el chofer en su turno, será la cantidad de dinero que reciba. Por lo tanto, si Pitágoras no se equivoca, a mayor velocidad, mayor pasaje y mayor cantidad de dinero. De tal manera que nuestras avenidas se convierten en pistas de carreras gobernadas por centenas de choferes decididos a ganar más ese día, porque su esposa está embarazada, porque tuvo un problema familiar, porque se quiere comprar un teléfono celular nuevo o porque simplemente se quiere ir a bailar y a divertir esa noche.  Resultando que, el ciudadano de a pie (o de automóvil), queda expuesto a los más escalofriantes peligros, no importa si es un transeúnte en la vía pública o conductor vecino o pasajero del mismo autobús.
El problema de la sobrepoblación de autobuses hay que verlo por fuera y por dentro. Cada vez que alguna persona sube a un autobús de mi ciudad, le golpea en el rostro, no el chofer, sino una parte de nuestra cultura que no estoy muy segura de que me agrade:
El chofer con la camisa abierta, apurándote a que te subas porque ya viene atrás otro autobús de línea diferente pero de ruta semejante y necesita correr para ganarle el pasaje, arrancando en el mismo segundo en el que tú despegas tu segundo pie del suelo, sin importar que tengas 9 o 90 años.
 La música a todo lo que da, estruendosa, sin importar el género, sin importar que te guste o no, que te moleste o no, que estés de acuerdo o no. Y lo peor de todo es que si el chofer va con algún amigo o familiar, se pone a platicar con él a grito tendido, porque de bajarle al aparato de sonido, ni hablar.
El frente del camión todo adornado de peluches, zapatitos, guindajos, calcomanías, estampitas de Santos, o equipos de futbol.
Los asientos pequeñitos y pegaditos, pues así caben más, aunque los que quepan, no se puedan sentar.
El timbre, que no suena como un timbre normal, no señor; tiene que sonar como chicharra estruendosa, como claxon descompuesto o peor aún, como pajarito. Cualquier sonido, menos el de un timbre normal y eso es cuando suena, porque la mayoría del tiempo ni siquiera lo hace.
En fin, que es toda una aventura subirse a un autobús, colectivo, camión, guagua o como le digan en tu país al sistema de transporte urbano. Ahora que por trabajo he tenido la necesidad de usarlo de manera regular, diariamente, pues he tenido oportunidad de ver qué tanto hemos avanzado en ese rubro en los últimos años. La verdad es que, a mi parecer, no ha sido mucho.
Debido a que cada viaje es una aventura, ya les estaré contando poco a poco las cosas que estos ojitos ven y estos oídos escuchan y que me asombran, me entristecen me indignan, me alegran y me desconciertan de aquellos que no solo comparten un viaje en camión conmigo, sino una ciudad, un país, un mundo en común: mis prójimos.
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