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sábado, 1 de junio de 2013

EL EXAMEN DE PREVISIÓN

Cada mañana, durante algunos minutos debemos hacer el examen de previsión, el cual consiste en prever o ver con anticipación cuáles son los enemigos que en el presente día nos van a atacar. Cuál es el vicio o mala costumbre que este día deseamos dominar y evitar. Cuál es la pasión dominante o mala inclinación que debemos rechazar y refrenar; qué peligros se van a presentar hoy contra nuestra virtud. Qué ocasiones podrá llegarnos y ponernos en riesgo de perder o disminuir la amistad con Dios. Imaginémonos enseguida que en esta jornada estaremos acompañados de un Gran Capitán, que es Jesucristo el Amigo que nunca falla, y de unos compañeros que nos ayudarán a luchar, como son el ángel de la guarda y los santos de nuestra devoción a los cuales frecuentemente imploramos y que nunca dejan de interceder en nuestro favor. Si tenemos temor de ser atacados por el demonio que es nuestro más feroz enemigo, invoquemos al glorioso Arcángel San Miguel, que fue el que venció a Lucifer en la batalla que hubo en el cielo (Ap 12).
No olvidemos que "somos templos del Espíritu Santo" (1Co 3, 16) y que el Divino Espíritu nos conceda valor y poder para lograr salir vencedores en los combates espirituales si lo llamamos en nuestro socorro. El grito de combate deberán ser las palabras del Salmo 69 que tanto repetían los antiguos monjes del desierto: "Dios mío ven en mi auxilio. Señor: date prisa en socorrerme".
Cuantas más veces las repitamos, más ayudas del cielo nos llegarán.
Cada mañana deberíamos escuchar como dichas para cada uno de nosotros las palabras del Salmo 94: "Ojalá escuches hoy la voz de Dios que te dice: "No endurezcas tu corazón como los antiguos rebeldes en el desierto, los cuales me repugnaron y no los dejé entrar en mi descanso".
Empecemos la jornada invocando a la Sagrada Familia: "Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía", y a nuestro ángel custodio: "Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día".
Cada mañana es necesario recordar: "¿Cuál es mi defecto dominante?". ¿Cuál es aquel defecto que más faltas me hace cometer y más derrotas espirituales me proporciona? Cada persona tiene un defecto dominante. Casi siempre es uno de los
siete pecados capitales: orgullo, avaricia, ira, envidia, impureza, gula o pereza.
¿Cuál es el defecto que en este año me propongo combatir? ¿Cómo lo voy a enfrentar hoy? Si lo venzo obtendré grandes premios de Dios, pero si me derrota me llenará de tristeza y amargura. Tengo que recordar los maravillosos premios que
Jesucristo ha prometido a los vencedores. Él dice en el Apocalipsis: "Vengo y traigo conmigo mi salario y a cada cuál le daré según sus obras. A los
vencedores los haré herederos de mi Reino" (Ap 22). Pero es necesario que yo recuerde también que si me dejo dominar por mi defecto dominante me llegará el terrible desgarramiento interior que produce el pecado, y la humillante sensación de
derrota y la amargura sin fin que acarrea toda derrota espiritual y ese querer volver atrás el reloj de la vida para que lo malo que he pensado, dicho o hecho, no lo hubiera jamás dicho, pensado o hecho. Este amargo recuerdo lleva a evitar nuevas
caídas.
A LOS VENCEDORES SE LES DARÁ LA CORONA DE GLORIA QUE NUNCA SE MARCHITA 

El Combate Espiritual 
Lorenzo Scupoli
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