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jueves, 24 de febrero de 2011

PERTENENCIA

El sentido de pertenencia es importante para cualquier ser humano. Pero cuando se trata de niños o adolescentes es aún más importante fomentarlo, hacerlo ver y remarcarlo.
Sentir que uno pertenece a una familia, a una sociedad, a una escuela, a una nación, crea seguridad, responsabilidad, lazos que si se saben respetar resultan bases de una buena formación para los chicos.
Aun cuando nos veamos en la desafortunada situación de un divorcio o separación de los padres, si fomentamos la pertenencia de nuestros hijos a una familia a pesar de los pesares que se respeta, que se quiere y que se preocupa por ellos mas allá de los nuevos integrantes, eso forzosamente desemboca en una manera de vivir más tranquila para el muchacho.
Pero si lejos de ello, no nos preocupa en absoluto integrar a nuestros hijos a una nueva familia, con nuevos hermanos. Si permitimos que crezcan como desconocidos, como extraños e incluso permitimos que haya rencillas, envidias, celos, tarde o temprano el chico siente que no hay nada que lo ancle a una familia. Por eso no valora lo que tiene cuando se casa, cuando tiene sus propios hijos, cuando tiene una esposa a la que debe respetar.
No nos extrañe entonces que no respondan con solidaridad cuando la familia se ve en problemas delicados. No nos sorprenda cuando no apoye a su madre o padre cuando lo necesite o cuando ni se entere de lo que sucede con sus hermanos.
Para que el chico desarrolle un sentido de pertenencia saludable, debemos darle tiempo suficiente para ello. El muchacho jamás desarrollará un sentido de pertenencia a una escuela, si apoyamos cómodamente, justificamos o hasta provocamos que cambien de escuela en cada ciclo escolar solo porque el chico reprobó algunas materias, porque no le cae bien su profesor o porque nunca se llevó del todo con sus compañeros. No nos extrañe entonces cuando en el empleo no se comprometa con su empresa, no “se ponga la camiseta” para responder en ella, para hacer equipo, para velar por los intereses de todos y no solo los propios.
El chico debe tener la oportunidad de fomentar amistades duraderas, de conocer e interactuar con sus maestros durante periodos largos que incluyan además de clases, eventos deportivos, culturales o recreativos que generen una relación más firme con adultos a cargo de ellos. Debe tener la oportunidad de representar a su escuela, de participar en concursos, encuentros, competencias deportivas que le generen interés por apoyar, o representar a SU institución. Pero si a la primera dificultad le permitimos cambiar de escuela, bajo la amenaza y condición (por parte del chico, claro) de que estudiará más o mejor, ayudamos a que se adelgace esa capa de pertenencia que está en pleno desarrollo. Por eso, aunque aparentemente el chico obtiene muchas amistades, conoce personas distintas, etc. la realidad es que no está fomentado amistades ni relaciones duraderas.
Valdría la pena preguntarse si también estamos haciendo lo mismo con nuestros hijos en relación a la religión. ¿Realmente pertenecemos a la religión que decimos seguir?