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sábado, 16 de octubre de 2010

UN HOMBRE DE NUESTRA TIERRA




EL HERMANO ANDRÉ
Se llamaba Alfred Bessette. Había nacido el 9 de agosto de 1845 y fue bautizado por sus mismos padres al día siguiente debido a la fragilidad de su salud. En 1849, huyendo del desempleo y de la pobreza, el padre de Alfred decide instalarse en Farnham (provincia de Québec, Canadá) esperando poder vivir de su oficio de leñador. Desafortunadamente, pierde la vida en un accidente al ser aplastado por un árbol cuando Alfred tenía sólo nueve años.
Su madre queda viuda a los 40 años y con diez hijos a cargo. Tres años después, muere de
tuberculosis sin haber podido recuperarse nunca de la muerte de su esposo. El hermano André diría más adelante: “Pocas veces recé por mi madre pero muchas veces le recé a ella”.  
La familia quedó dividida y a los doce años Alfred tuvo que enfrentarse a las penurias de la vida. Se vio obligado a dejar la escuela para aprender un oficio y encontrar trabajo. A esa temprana edad, Alfred se embarcó en una vida errante que duró trece años, pasando de un empleo a otro, con poco equipaje y sin grandes conocimientos. Apenas era capaz de escribir su nombre y de leer su libro de oraciones.
EL OBRERO

A pesar de su debilidad física, Alfred trató al principio de ganarse la vida como trabajador no calificado. Trabajó como aprendiz en varios puestos y se vio fácilmente explotado por aquellos que eran más fuertes que él. Por un tiempo, trabajó como jornalero en la construcción; más tarde, como granjero, hojalatero, herrero, panadero, zapatero y cochero. Siguiendo el flujo migratorio de los canadienses franceses de la época, decidió radicarse en los Estados Unidos y trabajó cuatro años en fábricas de hilado. Aún cuando su salud no era buena, volcaba todo su corazón en su labor: “A pesar de mi debilidad” comentaría, “no dejo que nadie me saque ventaja en el trabajo”. En 1867, regresó a Canadá al igual que miles de canadienses.
En 1870, Alfred se presentó en el noviciado de la Congregación de la Santa Cruz, en Montreal. Su estado de salud hizo dudar a sus superiores sobre su vocación religiosa. Finalmente fue aceptado y designado portero del Colegio de Nuestra Señora adoptando el nombre de hermano André. “Cuando ingresé en la comunidad”, nos cuenta con afecto, “mis superiores me mostraron la puerta y allí me quedé durante cuarenta años, sin abandonarla”. Además de su responsabilidad de portero también debía lavar los pisos y las ventanas, limpiar las lámparas, ocuparse de la leña y oficiar de mensajero.
El HERMANO AMIGO

Pronto, el hermano André comenzó a acoger a los enfermos y los débiles de corazón. Los invitaba a rezarle a San José a cambio de sus favores. Rápidamente, muchos fieles empezaron a contar que sus ruegos habían sido escuchados. Durante veinticinco años, pasó de seis a ocho horas diarias recibiendo a aquellas personas que se acercaban a él, primero en su pequeña oficina y luego en la estación de tranvías que se encontraba frente al colegio. Construyó la primera capilla con la ayuda de amigos y con el dinero que ganaba por cortarles el pelo a los niños del colegio. Tenía la certeza de que San José deseaba tener un lugar en la montaña; así, dedicó su vida a la construcción de un hermoso lugar santo digno de su amigo. 
Al mismo tiempo, corría la voz acerca de curaciones que los médicos no podían explicar. El hermano André empezó a visitar enfermos de la región y viajaba con frecuencia a los Estados Unidos donde había hecho muchos amigos. Se había ganado la reputación de trabajador milagroso pero él rechazaba con vehemencia tal denominación: “Yo no soy nadie” decía, “...sólo una herramienta en las manos de la Providencia, un pobre instrumento al servicio de San José...” Y agregaba: “¡No sean tontos al pensar que puedo hacer milagros! Es Dios y San José los que pueden curarlos, no yo. Yo le pediré a San José por ustedes”. El hermano André rezaba y las curaciones se multiplicaban.
Su actitud distante en presencia de extraños contrastaba drásticamente con su actitud jovial y el buen humor que demostraba entre amigos. Le encantaba hacer bromas y con frecuencia decía: “No deben ponerse tristes, hace bien reírse un poco”. El hermano André era muy alegre e intentaba siempre comunicar su alegría a los demás, especialmente a los pobres y desafortunados. Hacía buen uso de su humor compartiendo su alegría y deslizando discretamente algún buen consejo en medio de una conversación o para cambiar de tema cuando la conversación se volvía demasiado hiriente para alguna persona.
Era un hombre con determinación y de principios intransigentes. Sin embargo, la bondad y una sabiduría ligeramente maliciosa se reflejaban en sus ojos. Su gran respeto por los demás hacía que al mismo tiempo fuera muy respetado. Era un hombre muy sensible. Se lo podía ver llorar con los enfermos o emocionarse hasta las lágrimas al escuchar una experiencia particularmente triste de algún visitante. 
Si el hermano André ha sido tan amado y aceptado por los suyos, es porque era como ellos.

EL ARTIFICE DE UNA GRAN OBRA

Durante todos esos años, un proyecto de gran envergadura se estaba llevando a cabo y cada vez más gente se acercaba al Oratorio. La primera capillita había sido construida en 1904, pero muy pronto había quedado chica para recibir a la gente que se acercaba hasta el lugar. Como resultado, la capilla fue ampliada en 1908 y luego en 1910. Sin embargo, seguía siendo insuficiente: hacía falta una iglesia más grande en honor a San José.
En 1917, se inauguró una nueva iglesia con cripta y capacidad para acoger a mil personas. Este fue sólo el principio de un proyecto todavía más extraordinario. Durante toda su vida, el hermano André se abocó a la construcción de un oratorio, que se convertiría en el santuario más importante del mundo dedicado a San José.
Sin embargo, él jamás hablaba de “su obra”. Por el contrario, cuando las multitudes llegaban al Oratorio para las grandes celebraciones, el hermano André se eclipsaba, prácticamente se escondía detrás del coro, para orar a solas.
La crisis económica de 1929 obligó a parar la construcción de la basílica. En 1936, las
autoridades de la congregación de la Santa Cruz, convocaron una reunión especial para decidir si el proyecto debía continuarse o abandonarse debido en particular a que la nieve y el hielo amenazaban con dañar la estructura sin techo del edificio. El provincial convocó al hermano André para pedirle su opinión al respecto. El anciano hermano, dijo entonces ante la asamblea reunida: “No se trata de mi obra, es la obra de San José. Coloquen una de sus estatuas en medio del edificio. Si desea que pongamos un techo sobre su cabeza, él proveerá”. 
Dos meses más tarde, la congregación lograba reunir los fondos necesarios para continuar con la obra.

 UN HOMBRE DEVOTO DE GRAN CORAZÓN

El hermano André recibía y atendía a las personas con gran esmero. Pasaba largas horas en su oficina donde miles de personas iban a visitarlo y por las tardes, visitaba hogares y hospitales en compañía de algún amigo. 
Uno de ellos contaría en una ocasión: “Naturalmente, el hermano André tenía buen corazón, pero creo que era más bien el amor a Dios lo que lo llevaba a ocuparse de los enfermos, de los pobres y de los desdichados”. De hecho, ponía tanto empeño y buen humor en sus salidas diarias que algunos lo consideraban como “un viejo intrépido al que le gustaba pasear en el coche de algún amigo”. Pero el hermano André replicó un día: “Hay quienes piensan que visito a los enfermos por simple placer. Después de una jornada de trabajo, está lejos de ser un placer...”
Su bondad y compasión se emparejaban con una notable lucidez. Ante los numerosos
pedidos de curación que recibía expresaría: “Es sorprendente como la gente viene a mí pidiendo curaciones, pero rara vez humildad y fe. Sin embargo, ambas son tan importantes...” y agregaba, “Si el alma está enferma, debemos empezar por curarla”. Por lo tanto, con frecuencia preguntaba a las personas que venían a consultarlo: “¿Tiene usted fe en Dios? ¿Cree que puede hacer algo por usted? Vaya a confesarse, comulgue y luego vuelva visitarme”. 
El hermano André comprendía el sentido y el valor del sufrimiento y hablaba con sabiduría cuando se dirigía a sus fieles: “Las personas que sufren tienen algo que ofrecer a Dios y cuando logran sobrellevar este sufrimiento es cuando se produce ¡el milagro de cada día!...”
A una persona que estaba sufriendo le dijo: “No pidas que desaparezca el sufrimiento, agradece el poder soportarlo.”

UN HOMBRE DE DIOS

A pesar de que muchas personas decían haber sido curados por el hermano André, él siempre negó que tuviera algún poder de sanación afirmando: “No tengo ningún don ni puedo ofrecer nada”. Sugería siempre una novena a San José, frotarse con aceite o con una medalla del santo. Para él estos eran verdaderos “actos de amor y de fe, de confianza y humildad”. Generalmente, el hermano André aconsejaba a las personas consultar a un médico para seguir un tratamiento. A los médicos, les decía: “Hacen un gran trabajo; su ciencia les ha sido otorgada por Dios. Por lo tanto, deben agradecerle y rezarle”. 
“Dios es amor y él nos ama: es el corazón de la fe cristiana. Él nos dio mandamientos y sólo observándolos sabremos si lo estamos amando. Recen para conseguir el verdadero amor de Dios. Dios nos ama tanto que quiere que lo amemos"
El hermano André sabía hablar tan bien del amor de Dios que lograba hacer germinar la esperanza en el corazón de los que se le acercaban. Uno de sus amigos recordaba: “Nunca llevé un enfermo al hermano André sin que éste volviera enriquecido. Algunos se curaron; otros murieron tiempo después, pero el hermano André les había transmitido paz y consuelo”.

CAMINO AL CIELO

Para el hermano André, el cielo era vivir en la casa de Dios. Con frecuencia hablaba de la muerte como el último objetivo de la vida: “Se puede desear la muerte si el objetivo único es ir hacia a Dios. Cuando muera, iré al cielo y estaré más cerca de Dios. Tendré más poder para ayudarlos”.
Algunos instantes antes de su muerte, los que estaban a su alrededor lo vieron llorar: “Dios mío, Dios mío, ¡cuánto estoy sufriendo!”. Luego, en una voz muy débil, expresó: “He aquí la semilla...”, refiriéndose al Evangelio según San Juan capítulo 12 versículo 24: “En verdad, en verdad, os digo: si el grano de trigo arrojado en tierra no muere, se queda solo; mas si muere, produce fruto abundante”. Pasó su vida hablándole a Dios de los demás y a los demás de Dios”. A través de este testimonio, presentado por uno de sus amigos, nos es posible apreciar lo que fue su vida impregnada de fe y de amor. Es difícil decir en qué momento terminó su vida laboral y en qué momento comenzó su vida de oración ya que ambas parecían fluir naturalmente en el mismo sentido. 
Murió el 6 de enero de 1937, a los 92 años. Los periódicos informaron que más de un millón de personas asistieron a su velatorio y su funeral. Su cuerpo reposa en una sencilla tumba en el interior del magnífico santuario que hoy se eleva sobre el Mont-Royal, donde miles de visitantes se acercan cada día para recibir una bendición física y espiritual. 
El hermano André fue un hombre de nuestra tierra, enraizado en nuestro suelo que despertaba y entrenaba las almas. Para nosotros, él sigue siendo un símbolo vivo de renovación cristiana a la que todos estamos llamados. Al igual que el hermano André, nosotros también podemos recibir la gracia que Dios nos ofrece con tanta generosidad y convicción.


Mañana lo canonizan. . .  y yo me muero por estar ahí.

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