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miércoles, 17 de septiembre de 2014

CULPABLE, HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO



Hace unos dos meses, debido a una situación delicada que vivimos en el trabajo, me enteré de una historia por demás aterradora y desgarradora.

Resulta que un joven, cuando estudiaba la secundaria, acostumbraba ir a jugar basket ball a la cancha de una escuela muy grande con sus amigos y ahí conocieron al prefecto, que, según platica este joven, siempre fue muy bueno con ellos, amable y considerado.

El asunto es que de repente dejaron de ver al prefecto y además, la vida se fue encargando de llevar a los amigos por sendas diferentes, de tal manera que nunca regresaron a las canchas de la escuela.

El tiempo pasó y un par de años después, este joven se encuentra con el prefecto en la calle. Lo saluda con afecto y, como suele suceder, trata de ponerse al corriente de lo que ha sido de sus vidas.

El corazón del joven se estruja al ir escuchando cómo, lentamente, el amigo prefecto le cuenta la historia de lo que sucedió con él un par de años antes.

Resulta que, un chico de la secundaria donde trabajaba, le denunció ante las autoridades escolares y después ante las autoridades penales, por abuso sexual.

El prefecto se defendió, alegando que era mentira aquello que se le imputaba, pero todo fue en vano; siempre es mejor creer ciegamente lo que pueda decir un adolescente, al que, por serlo, se piensa que sería incapaz de inventar semejante cosa.

Las acusaciones fueron “contundentes” y como suele suceder en nuestro país, no fueron necesarias ningún tipo de pruebas para encerrar en la cárcel al “abusador” mientras seguían con las averiguaciones.

Todos sabemos lo que le pasa adentro de las cárceles a los violadores (sin importar que se les haya comprobado o no).
 Abusaron de él, lo violaron, lo vejaron, sufrió golpizas, burlas, etc. Todo durante un año completo. Al final de ese tiempo en el infierno –pues la palabra cárcel es poco para lo que significó estar ahí-, lo mandaron llamar, y con una palmadita en la espalda, le dijeron: “Disculpe usted, todo fue un error. Queda usted libre”.

¿Y su salud mental?
¿Y su integridad física?
¿Y su daño moral?
¿Y su trabajo?



Esta experiencia ha llamado profundamente mi atención acerca de todas esas denuncias que salen en contra de sacerdotes, maestros, doctores, personas de ayuda doméstica, etc. Y sobre todo, aquellas denuncias que vienen con varios años de dilación. ¿Cómo hacen las autoridades para corroborar que las denuncias sean ciertas? ¿Cómo se puede comprobar un abuso que tiene 10 años de antigüedad?
¿Por qué las denuncias son más mediáticas que las absoluciones? ¿Por qué pocos ponen en duda que la acusación sea de mala fe? ¿Por qué una vida normal, con ciertas virtudes o por lo menos buen comportamiento, no importa a la hora de llevar a cabo una “investigación”?

La “situación delicada” a la que me refiero en las primeras líneas de este escrito, estuvo a punto de alcanzar niveles peligrosos para una persona que ha tenido una vida intachable, dedicada a la formación de jóvenes adolescentes con una entrega y una pasión por la docencia que a pocos se le ven. Y la imaginación desbordada de una chica carente de valores, pero con abundante labia para platicar lo que su mente imaginaba, puso al borde del precipicio la estabilidad de esta persona.

¿Cómo podemos creer a ojos cerrados las acusaciones contra cualquier persona sin exigir que se entreguen pruebas contundentes antes de condenar?

¿Qué clase de persona se necesita ser para querer destruir, solo por deporte, la reputación y la vida de alguien más?

Por desgracia, casos como éstos abundan hoy en dia y todos, tú y yo también, estamos expuestos a los caprichos y la mala leche de cualquiera que desee perjudicarnos.
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