¡Cómo me gustan las Homilías así! Cuando enseñan, educan, preparan. Cuando te hablan directo al corazón. Me recuerdan tanto a mi párroco David Barbosa (qepd) escuchar un homilía suya era una catequésis segura.
Ahora, con el papa Francisco, tengo la seguridad de que no me voy a enredar con palabras que no entienda o que tenga que recurrir al diccionario para poder tener el panorama completo del mensaje. Y mejor ni hablar de aquellos -que los hay- que se la pasan hablando de cosas políticas en vez de hablarnos al corazón de los fieles.
Cada vez me gusta más, me siento mas cerca; escucharlo o leerlo, es para mí un bálsamo para el alma.
Queridos hermanos y hermanas
Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de
Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos
sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.
Las Lecturas nos hablan de los «Ungidos»: el siervo de Yahvé
de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que
la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que
sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los
oprimidos... Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es
la del Salmo: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama
sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (Sal
133,2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba
de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción
sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del
universo representado mediante las vestiduras.
La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en
simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel
grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod,
del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del
hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cf. Ex 28,6-14).
También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus
de Israel (cf. Ex 28,21). Esto significa que el sacerdote celebra
cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando
sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde
casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el
peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de
nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.
De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto
por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios
resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos a fijarnos en la
acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda
perfumando su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El
Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los
cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La
unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni
mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio
el aceite... y amargo el corazón.
Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su
pueblo, esto es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida
con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con
cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el
evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que
predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón
hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites,
«las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión
de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que
hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y
alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el
perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a
confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí,
padre, que tengo este problema...». «Bendígame padre» y «rece por mí»
son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve
convertida en petición, petición del pueblo de Dios. Cuando estamos en
esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de
nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que
quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en
toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales,
incluso banales – pero lo son sólo en apariencia – el deseo de nuestra
gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos.
Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la
hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús,
metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda
la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que
desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo
para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre.
Los mismos discípulos – futuros sacerdotes – todavía no son capaces de
ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la
superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta
sofocarlo (cf. Lc 8,42). El Señor en cambio siente la fuerza de la
unción divina en los bordes de su manto.
Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y
su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay
sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos
malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en
introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de
autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida
sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a
hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y
crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a
los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada
de nada.
El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco – no digo
«nada» porque gracias a Dios nuestra gente nos roba la unción se pierde
lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de
su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va
convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la
diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto
que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un
agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene
precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes,
sacerdotes tristes y convertidos en una especie de coleccionistas de
antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a
oveja», y esto os pido, sed pastores con olor a oveja, pastores en medio
de su rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada
crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una
crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos
meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que
la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se
muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde
sólo vale la unción – y no la función – y resultan fecundas las redes
echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado:
Jesús.
Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el
afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de
Dios.
Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el
Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en
nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a
las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora.
Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos
revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda
recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que
les vino a traer Jesús, el Ungido. Amén.