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viernes, 12 de septiembre de 2014

¿SANTO O SANTERO?



En estos últimos días me he estado acordando mucho del grupo parroquial al que pertenecí en mi juventud. En realidad he estado extrañándolos horriblemente. Y entre tanto recuerdo que me ha asaltado, uno entre todos se destacó – con la ayudadita de una persona que molesta mucho con sus comentarios en Facebook - .

Nuestro guía espiritual, el ministro de la Iglesia Humberto Sánchez, nos contaba continuamente una historia de la que recuerdo todo, menos los nombres de los protagonistas. Tengo la sensación de que el sacerdote era una persona famosa. En fin, les platico con mucho gusto.

La historia dice que había un sacerdote muy bueno en un pequeño pueblo, pero que entre la feligresía había una señora, de esas que nunca faltan: de abolengo, adinerada, prepotente y además . . . ¡santa! Bueno, eso de santa se lo adjudicaba ella misma, que siempre estaba hablando de las donaciones que hacía, de las personas que ayudaba, de las instituciones a las que pertenecía, de los rosarios que rezaba, de las misas diarias a las que asistía. Le gustaba presumir de su gran paciencia y de que era incapaz de decir una grosería o insultar a nadie. Y la paciencia ¡la paciencia era su mayor virtud!

Ni los insoportables chamacos del hospicio, ni los latosos ancianos del albergue podían hacer que su santa paciencia se agotara.

 Para este pobre sacerdote era una monserga hasta los momentos en que la recibía en confesión, porque lejos de reconocerse pecadora, acostumbra resaltar sus cualidades y achacarle la culpa a todos los que la rodeaban, no sin añadir, al final de todo, que los perdonaba, porque ella era una mujer muy buena y santa, y que nadie la haría pecar por mucho que la fastidiaran.

Tan cansado estaba ya el cura del pueblo de la “santa” señora, que un día decidió visitarla en su casa. Lo recibió en la puerta un sirviente que lo condujo a un grande y elegante salón totalmente alfombrado, con muebles de cedro y una mesa de centro adornada coquetamente con figurillas de porcelana traídas desde algún país lejano. Un monumental librero acogía cientos de volúmenes finamente encuadernados, muchos de ellos primeras ediciones atesoradas por el marido de la santa señora.

En un rincón bellamente adornado, había una lujosa cantina que guardaba los más finos licores, copas, vasos, etc. Dispuestos para los importantes invitados que asiduamente acudían a visitar a la santa y su familia.

Entretenido estaba el sacerdote en comprender la firma del autor de un cuadro finamente enmarcado que engalanaba la pared central, y que apenas era un integrante de la gran colección que abarcaba los otros tres muros de la habitación, cuando irrumpió, en todo su esplendor, doña Margarita de la Corcuera y Dávalos Conde de Montecristo (la santa, para abreviar).

-        ¿Qué se le ofrece señor cura? ¿Tal vez alguna donación para los pobres?
-        De ninguna manera doña Margarita, ya su santidad ha sido demasiado buena este mes.
-        ¿Entonces? ¿A qué debemos el placer de su visita?
-        Vine a comprobar, con mis propios ojos, hasta qué grado llega vuestra beatitud.

La cara de doña Margarita no alcanzó a reflejar todas las dudas que por dentro se formaron con aquella frase del sacerdote. Pero antes de que pudiera articular siquiera la primera pregunta, horrorizada comenzó a ver cómo el sacerdote comenzó a saltar sobre sus muebles importados y destrozaba la tela de lino bordada con hilos de oro que engalanaba los cojines que hasta hacía dos segundos reposaban impolutos sobre éstos. El sacerdote parecía poseído –y no precisamente por el Espíritu Santo- brincaba y gritaba como endemoniado, mientras doña Margarita no alcanzaba a comprender qué era lo que sucedía.

De repente, el cura del pueblo, se dirige hacia la elegante barra y toma en cada mano un envase de licor diferente y comienza a regarlos por toda la alfombra.

-        ¡Mi alfombra! ¡Mi alfombra no, hombre del demonio! Pero ¿qué es lo que le pasa? ¿es que ha enloquecido?
Sin embargo el cura estaba de lo más calmado, con gran parsimonia descolgó los cuadros de la pared y bailó sobre ellos sus mejores pasos de vals –que no eran muy gráciles, dicho sea de paso -.

La paciencia de doña Margarita, curiosamente, llegó a su límite en un mínimo tiempo récord.

-        Deténgase ya o lo mando a encarcelar, desgraciado cura. ¿Acaso cree que estas cosas no tiene valor? Maldito hombre, ya decía yo que usted no estaba bien de la cabeza. Ya me lo parecía desde que llegó al pueblo con su cara de mosca muerta y sus ideas revolucionarias de amor hacia los pobres y todas esas estupideces.

¡Deje de bailar sobre mis cuadros, hijo de la /%#=!# , que son originales! ¡Cómo se ve que usted nunca ha salido de su mugre parroquilla y no conoce más allá de lo comedores comunitarios ni del asilo de ancianos. ¡Esos cuadros cuestan la fortuna que usted nunca verá, ni siquiera en mis más generosas limosnas. Ahora veo que usted ni nadie se merece mi benevolencia, ni mi lástima.

Para cuando la mujer estaba tratando de recuperar el aliento, el cura ya había tirado todos los libros de su elegante contenedor y se entretenía arrancando sus páginas, haciendo churritos de papel y sumergiéndolos en la elegante hielera que ahora tenía a sus pies.

Cuando por fin consideró que había terminado –con la paciencia de la santa, no con las cosas del salón- se dispuso a abandonar la casa, esperando nunca más volver a ver a aquella que tan poco necesitó para olvidarse de toda la santidad de la que presumía y con la que tenía abatido a todo el pueblo, no sin antes, disimuladamente arrastrar con su capa todas las figurillas de porcelana que descansaban en la mesa de centro, haciéndolas añicos.

La mujer estaba fuera de sí, lo tomó por el brazo y lo arrastró hasta la puerta principal, maldiciéndolo e insultándolo hasta más no poder. Sus ojos desorbitados chispeaban algo parecido al odio, su boca babeaba de rabia y su corazón estaba sufriendo la peor taquicardia de su vida. Poco le duró la santidad a la pobre señora cuando se topó con un santero de su tamaño.

Moraleja uno: el que entreguemos a los demás lo que nos sobra, no nos hace santos.
Moraleja dos: siempre habrá santeros en nuestras vidas, dispuestos a ponernos a prueba cada vez que presumamos de alguna cualidad.

¿Y tú qué eres? ¿Santo o santero?

“Si es Santo el que los llamó, también ustedes han de ser santos en toda su conducta, según dice la Escritura: Serán Santos, porque yo soy Santo”  (I Pedro 1, 16)

sábado, 7 de junio de 2014

EL SACERDOTE CATÓLICO

Dedicado con todo mi cariño a aquellos sacerdotes que han sido especiales en mi vida. A David, Cándido, Aurelio, Rafael, Cipriano, Arturo, Víctor, Roberto.
A los "casi" sacerdotes Alejandro y Lester.
A los que conozco gracias al ciber espacio.
Y también a los otros -¿por qué no?- que me han enseñado a recordar que en otros momentos son tan seres humanos como el que más.

3MC



jueves, 28 de marzo de 2013

HOMILIA PAPA FRANCISCO MISA CRISMAL 2013

¡Cómo me gustan las Homilías así! Cuando enseñan, educan, preparan. Cuando te hablan directo al corazón. Me recuerdan tanto a mi párroco David Barbosa (qepd) escuchar un homilía suya era una catequésis segura.
Ahora, con el papa Francisco, tengo la seguridad de que no me voy a enredar con palabras que no entienda o que tenga que recurrir al diccionario para poder tener el panorama completo del mensaje. Y mejor ni hablar de aquellos -que los hay- que se la pasan hablando de cosas políticas en vez de hablarnos al corazón de los fieles.
Cada vez me gusta más, me siento mas cerca; escucharlo o leerlo, es para mí un bálsamo para el alma.



Queridos hermanos y hermanas





            Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.

            Las Lecturas nos hablan de los «Ungidos»: el siervo de Yahvé de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos... Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es la del Salmo: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (Sal 133,2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.

             La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cf. Ex 28,6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cf. Ex 28,21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.

            De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite... y amargo el corazón.

            Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo, esto es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema...». «Bendígame padre» y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en petición, petición del pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales – pero lo son sólo en apariencia – el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos – futuros sacerdotes – todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cf. Lc 8,42). El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.
            Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.

            El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco – no digo «nada» porque gracias a Dios nuestra gente nos roba la unción se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja», y esto os pido, sed pastores con olor a oveja, pastores en medio de su rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción – y no la función – y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús.

            Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

            Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido. Amén.

martes, 25 de mayo de 2010

25. ¿Un acordaos?


Una reunión numerosa con un Obispo de la Iglesia; uno de los asistentes se dirige a él; se ve que le tiene cariño y, como quien está dispuesto a todo, le pregunta:

- ¿Qué quiere que recemos por usted cada día?
El Obispo prefiere hacerse el sordo, pero la insistencia le obliga a contestar:

- "Un acordaos".
Aquél, que estaba dispuesto a cualquier cosa, por difícil que fuese, se sintió como defraudado, pues le parecía poco. El Obispo leyó en la cara de aquel joven su desilusión y añadió:

- ¿Te parece escaso? ¡Qué poco valoras la oración vocal!
Con una sola oración a la Virgen, si tenemos fe, hacemos mucho por quienes queremos. Madre, ayúdame a valorar cada oración. Si llamo por teléfono a un amigo dándole un recado, sé que me ha oído y que, si puede, lo hará. Cada vez que te digo algo, que te rezo un Acordaos, es -¡por lo menos!- como si te llamara por teléfono: Tú me escuchas y me haces caso. 
VIRGEN CLEMENTE
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir que ninguno
de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre,
Virgen de las vírgenes,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante Vos.
Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas,
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente.
Amén.

¡OH SEÑORA MÍA, Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti; y en prueba de mi amor de hijo te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Madre buena, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén



sábado, 22 de mayo de 2010

22. LA CRIATURA MAS SANTA


A los sacerdotes se les hacen las preguntas más extrañas; se les pregunta a veces si un santo es más grande que otro porque hace más milagros. Dios se sirve de los santos como instrumentos de su gracia. Quien hace los milagros es Dios; pero se sirve de algunos santos y, sobre todo de la Virgen María. Sólo Dios es santo; es más santo quien más se parece a Dios, quien está más cercano a él. He aquí por qué la Virgen María es la criatura más santa. Siendo Dios Amor se asemeja a Dios sólo con el amor.

REINA DE TODOS LOS SANTOS


Santa María, ¡Madre de Dios y Madre mía! Eres más madre que todas las madres juntas: cuídame como Tú sabes. Grábame, por favor, estas tres cosas que dijiste:
"NO TIENEN VINO": presenta siempre a tu Hijo mis necesidades y las de todos tus hijos.
"HACED LO QUE ÉL OS DIGA": dame luz para saber lo que Jesús me dice, y amor grande para hacerlo fielmente.
"HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR": que yo no tenga otra respuesta ante todo lo que Él me insinúe.
http://webcatolicodejavier.org/home.html

jueves, 1 de abril de 2010

SACERDOTE

En este día en que conmemoramos la institución de la Eucaristía, les dejo este nuevo video de Martín Valverde para honrar también a los guías que ha querido dejar Jesús para nosotros.

jueves, 25 de marzo de 2010

HÉROES

Hay que utilizar y sacar provecho de todos los medios modernos para animar a los jovenes a responder al llamado; para seguir su vocación.
La arquidiócesis de Brooklyn ha lanzado este video inspirado en los súper héroes para llegar de una manera más eficaz a todos aquellos jóvenes que puedan estar interesados.
Esta es la clase de héroes que necesitamos, estos son los que ya sirven dentro de la Iglesia y de éstos son de los que necesitamos cada día más; para servir y enseñarnos a servir; para llevar la Palabra de Dios hasta los más lejanos rincones y enseñarnos a hacerlo desde nuestros lugares.
Espero que les guste.

lunes, 22 de marzo de 2010

PESCADORES DE HOMBRES

Dentro del espacio de FB, se ha venido dando en los últimos días un sano debate acerca de los múltiples casos de pedofilia por parte de algunos sacerdotes católicos, la respuesta de la Iglesia y las diversas opiniones acerca de lo que merecen estas personas.
Aunque cada uno tendrá su propia opinión (yo también tengo la mía), lo cierto es que la difusión que los medios le dan a estos casos, por supuesto que magnifican y multiplican la imagen negativa que algunos tienen del sacerdocio.
En lo personal debo decir que el 99% de los sacerdotes que he conocido han sido hombres entregados, comprometidos, luchadores, trabajores, responsables; muy inteligentes, estudiosos, etc.
Por eso, aunque mi posición es inamovible acerca de aquellos que traicionan su investidura y la confianza de los fieles, creo que es deber nuestro contrarrestar los ataques y bombardeos de los medios, los gobiernos y público en general descreído que ataca constantemente a TODA la Iglesia y sus miembros en el mundo.
También por medio del Facebook ha llegado a mí este video contenido en dos partes, que sencillamente me parece una maravilla, digna de compartirse, publicarse, repartirse y darle la difusión necesaria, porque esto sí, esto sí es lo que más prevalece dentro de nuestra Iglesia, y no por una manzana podrida (como comentaba alguien en FB) se deberán contaminar miles y miles de hombres comprometidos con Jesús en la tierra.

PRIMERA PARTE


SEGUNDA PARTE