Uno de los últimos libros que acabo de leer es LA CATEDRAL DEL MAR de Ildefonso Falcones (2006). Un libro que me pareció verdaderamente maravilloso: me hizo llorar, reir, indignarme, enamorarme de su protagonista :) , enojarme con sus antagonistas, etc.
Entre una cantidad considerable de trabajos realizados por sus personajes, uno de ellos, Arnaud Estanyol realizó durante un tiempo un trabajo de Bastaix, que yo entendí siempre como estibador. Es decir, subían y bajaban cosas de los barcos que llegaban al puerto de Barcelona. Pero, si ya de por sí éste podría ser considerado un trabajo riesgoso, además de todo, estos Bastaixos, acarreaban piedras de respetable tamaño hacia la catedral que se estaba construyendo en la ciudad. Aquí es donde entra mi aportación para el reto de hoy. Como no encontré una foto o dibujo del personaje, les dejo una foto de una figura de un bastaix llevando sobre su espalda una gran piedra que alguien capturó en la fachada de una catedral. Y también un fragmento de la historia para que, si no lo han hecho, les den ganas de leerla :)
Cuando
vio a los dos peones cargados con la piedra, Arnau se acercó a ellos. Se
encorvó y tensó todos los músculos del cuerpo. Todos los presentes guardaron
silencio. Los peones soltaron la piedra con suavidad y lo ayudaron a afianzar
las manos en ella. Al notar el peso, se encorvó aún más y las piernas se le
doblaron. Arnau apretó los dientes y cerró los ojos. «¡Arriba!», creyó
escuchar. Nadie había dicho nada, pero todos lo habían gritado en silencio al
ver las piernas del muchacho. ¡Arriba! ¡Arriba! Arnau se irguió bajo el peso.
Muchos suspiraron. ¿Podría andar? Arnau esperó, todavía con los ojos cerrados.
¿Podría andar?
Avanzó
un pie. El propio peso de la piedra lo obligó a mover el otro y otra vez el
primero... y de nuevo el segundo. Si paraba..., si paraba la piedra haría que
cayera de bruces.
Ramon
sorbió por la nariz y se llevó las manos a los ojos.
—¡Animo,
muchacho! —se oyó gritar a alguno de los arrieros que esperaban.
—¡Vamos,
valiente!
—¡Tú
puedes!
—¡Por
Santa María!
El
griterío resonó en las paredes de la cantera y acompañó a Arnau cuando se
encontró a solas en el camino de vuelta a la ciudad.
Sin
embargo, no anduvo solo. Todos los bastaixos que salieron tras él le
dieron fácilmente alcance y todos, del primero al último, acomodaron su paso al
de Arnau durante algunos minutos para animarlo y jalearlo; cuando uno llegaba a
su altura, el anterior recuperaba su ritmo.
Pero
Arnau no los escuchaba. Ni siquiera pensaba. Su atención estaba puesta en aquel
pie que debía aparecer desde detrás, y cuando lo veía avanzar por debajo de él
y plantarse en el camino, volvía a esperar al siguiente; un pie tras otro,
sobreponiéndose al dolor.
[...]
Parte del peso lo lleva la
Virgen, le había dicho también. ¡Dios!, si eso era cierto,
¿cuánto pesaba aquella piedra? No se atrevió a mover la espalda. Le dolía, le
dolía terriblemente. Descansó durante un buen rato. ¿Podría volver a ponerse en
movimiento? Arnau miró en derredor. Estaba solo. Ni siquiera los demás arrieros
seguían aquel camino, pues tomaban el del portal de Trentaclaus.
¿Podría?
Miró al cielo. Escuchó el silencio y aupó la piedra de nuevo, de un tirón. Los
pies se pusieron en movimiento. Uno, otro, uno, otro...
[...]
Cuando
traspasó la muralla occidental y dejó atrás Framenors, Arnau se encontró con
los ciudadanos de Barcelona. Seguía con la atención fija en sus pies. ¡Ya
estaba en la ciudad! Marineros, pescadores, mujeres y niños, operarios de los
astilleros, carpinteros de ribera; todos observaron en silencio al muchacho
encogido bajo el peso de la piedra, sudoroso, congestionado. Todos se fijaban
en los pies del joven bastaix, que Arnau miraba sin prestar atención a
nada más, y todos, en silencio, los empujaban: uno, otro, uno, otro...
Algunos
se sumaron al recorrido de Arnau, tras él, en silencio, acomodando su andar al
avance de la piedra, y así, tras más de dos horas de esfuerzo, el muchacho
llegó a Santa María acompañado por una pequeña y silenciosa multitud. Las obras
se paralizaron. Los albañiles se asomaron a los andamios y los carpinteros y
picapedreros dejaron sus labores. El padre Albert, Pere y Mariona lo esperaban.
Àngel, el hijo del barquero, ya convertido en oficial, se acercó a él.
—¡Vamos!
—le gritó—. ¡Ya estás! ¡Ya has llegado! ¡Venga, vamos, vamos!
Se
empezaron a oír gritos de ánimo procedentes de lo alto de los andamios. Los que
habían seguido a Arnau estallaron en vítores. Toda Santa María se sumó al
griterío; incluso el padre Albert se unió al griterío general. Sin embargo,
Arnau siguió mirando sus pies, uno, otro, uno, otro... hasta alcanzar el lugar
en que se depositaban las piedras; allí los aprendices y los oficiales se
lanzaron a por la que el muchacho había acarreado.
Sólo
entonces Arnau levantó la mirada, todavía encogido, temblando, y sonrió. La
gente se arremolinó a su alrededor y lo felicitó. Arnau fue incapaz de saber
quiénes eran los que lo rodeaban; sólo reconoció al padre Albert, cuya mirada
se dirigía hacia el cementerio de las Moreres. Arnau la siguió.
—Por
vos, padre —susurró.