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lunes, 22 de septiembre de 2014

UNA CURIOSA AVENTURA

Esta entrada va dedicada a todos mis amigos blogueros, mis parientes, familiares, contactos y amigos en general. Deseo compartirles que desde hace una semana, estoy participando en un proyecto de blog colectivo en donde colaboramos amigos de varios paises y de todas las edades imaginables. Contamos con nuestra compañera más pequeña, que tiene escasos 12 añitos, con amigos de Argentina, Ecuador, Venezuela, Panamá, Guatemala, México, Colombia, España, Reino Unido, etc. (espero que no se me esté olvidando ninguno).
El proyecto me parece muy atractivo, puesto que enun solo lugar podrán encontrar puntos de vista muy variados, experiencias únicas, anécdotas interesantes, todas girando alrededor de un mimos tema que irá variando semana con semana.
Los invito, con mucho gusto, a que nos visiten, nos lean y nos dejen un comentario, si es de su gusto, nos alegrará mucho saber de su visita.


La dirección: http://unacuriosaaventura.blogspot.mx/



miércoles, 17 de septiembre de 2014

CULPABLE, HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO



Hace unos dos meses, debido a una situación delicada que vivimos en el trabajo, me enteré de una historia por demás aterradora y desgarradora.

Resulta que un joven, cuando estudiaba la secundaria, acostumbraba ir a jugar basket ball a la cancha de una escuela muy grande con sus amigos y ahí conocieron al prefecto, que, según platica este joven, siempre fue muy bueno con ellos, amable y considerado.

El asunto es que de repente dejaron de ver al prefecto y además, la vida se fue encargando de llevar a los amigos por sendas diferentes, de tal manera que nunca regresaron a las canchas de la escuela.

El tiempo pasó y un par de años después, este joven se encuentra con el prefecto en la calle. Lo saluda con afecto y, como suele suceder, trata de ponerse al corriente de lo que ha sido de sus vidas.

El corazón del joven se estruja al ir escuchando cómo, lentamente, el amigo prefecto le cuenta la historia de lo que sucedió con él un par de años antes.

Resulta que, un chico de la secundaria donde trabajaba, le denunció ante las autoridades escolares y después ante las autoridades penales, por abuso sexual.

El prefecto se defendió, alegando que era mentira aquello que se le imputaba, pero todo fue en vano; siempre es mejor creer ciegamente lo que pueda decir un adolescente, al que, por serlo, se piensa que sería incapaz de inventar semejante cosa.

Las acusaciones fueron “contundentes” y como suele suceder en nuestro país, no fueron necesarias ningún tipo de pruebas para encerrar en la cárcel al “abusador” mientras seguían con las averiguaciones.

Todos sabemos lo que le pasa adentro de las cárceles a los violadores (sin importar que se les haya comprobado o no).
 Abusaron de él, lo violaron, lo vejaron, sufrió golpizas, burlas, etc. Todo durante un año completo. Al final de ese tiempo en el infierno –pues la palabra cárcel es poco para lo que significó estar ahí-, lo mandaron llamar, y con una palmadita en la espalda, le dijeron: “Disculpe usted, todo fue un error. Queda usted libre”.

¿Y su salud mental?
¿Y su integridad física?
¿Y su daño moral?
¿Y su trabajo?



Esta experiencia ha llamado profundamente mi atención acerca de todas esas denuncias que salen en contra de sacerdotes, maestros, doctores, personas de ayuda doméstica, etc. Y sobre todo, aquellas denuncias que vienen con varios años de dilación. ¿Cómo hacen las autoridades para corroborar que las denuncias sean ciertas? ¿Cómo se puede comprobar un abuso que tiene 10 años de antigüedad?
¿Por qué las denuncias son más mediáticas que las absoluciones? ¿Por qué pocos ponen en duda que la acusación sea de mala fe? ¿Por qué una vida normal, con ciertas virtudes o por lo menos buen comportamiento, no importa a la hora de llevar a cabo una “investigación”?

La “situación delicada” a la que me refiero en las primeras líneas de este escrito, estuvo a punto de alcanzar niveles peligrosos para una persona que ha tenido una vida intachable, dedicada a la formación de jóvenes adolescentes con una entrega y una pasión por la docencia que a pocos se le ven. Y la imaginación desbordada de una chica carente de valores, pero con abundante labia para platicar lo que su mente imaginaba, puso al borde del precipicio la estabilidad de esta persona.

¿Cómo podemos creer a ojos cerrados las acusaciones contra cualquier persona sin exigir que se entreguen pruebas contundentes antes de condenar?

¿Qué clase de persona se necesita ser para querer destruir, solo por deporte, la reputación y la vida de alguien más?

Por desgracia, casos como éstos abundan hoy en dia y todos, tú y yo también, estamos expuestos a los caprichos y la mala leche de cualquiera que desee perjudicarnos.

viernes, 12 de septiembre de 2014

¿SANTO O SANTERO?



En estos últimos días me he estado acordando mucho del grupo parroquial al que pertenecí en mi juventud. En realidad he estado extrañándolos horriblemente. Y entre tanto recuerdo que me ha asaltado, uno entre todos se destacó – con la ayudadita de una persona que molesta mucho con sus comentarios en Facebook - .

Nuestro guía espiritual, el ministro de la Iglesia Humberto Sánchez, nos contaba continuamente una historia de la que recuerdo todo, menos los nombres de los protagonistas. Tengo la sensación de que el sacerdote era una persona famosa. En fin, les platico con mucho gusto.

La historia dice que había un sacerdote muy bueno en un pequeño pueblo, pero que entre la feligresía había una señora, de esas que nunca faltan: de abolengo, adinerada, prepotente y además . . . ¡santa! Bueno, eso de santa se lo adjudicaba ella misma, que siempre estaba hablando de las donaciones que hacía, de las personas que ayudaba, de las instituciones a las que pertenecía, de los rosarios que rezaba, de las misas diarias a las que asistía. Le gustaba presumir de su gran paciencia y de que era incapaz de decir una grosería o insultar a nadie. Y la paciencia ¡la paciencia era su mayor virtud!

Ni los insoportables chamacos del hospicio, ni los latosos ancianos del albergue podían hacer que su santa paciencia se agotara.

 Para este pobre sacerdote era una monserga hasta los momentos en que la recibía en confesión, porque lejos de reconocerse pecadora, acostumbra resaltar sus cualidades y achacarle la culpa a todos los que la rodeaban, no sin añadir, al final de todo, que los perdonaba, porque ella era una mujer muy buena y santa, y que nadie la haría pecar por mucho que la fastidiaran.

Tan cansado estaba ya el cura del pueblo de la “santa” señora, que un día decidió visitarla en su casa. Lo recibió en la puerta un sirviente que lo condujo a un grande y elegante salón totalmente alfombrado, con muebles de cedro y una mesa de centro adornada coquetamente con figurillas de porcelana traídas desde algún país lejano. Un monumental librero acogía cientos de volúmenes finamente encuadernados, muchos de ellos primeras ediciones atesoradas por el marido de la santa señora.

En un rincón bellamente adornado, había una lujosa cantina que guardaba los más finos licores, copas, vasos, etc. Dispuestos para los importantes invitados que asiduamente acudían a visitar a la santa y su familia.

Entretenido estaba el sacerdote en comprender la firma del autor de un cuadro finamente enmarcado que engalanaba la pared central, y que apenas era un integrante de la gran colección que abarcaba los otros tres muros de la habitación, cuando irrumpió, en todo su esplendor, doña Margarita de la Corcuera y Dávalos Conde de Montecristo (la santa, para abreviar).

-        ¿Qué se le ofrece señor cura? ¿Tal vez alguna donación para los pobres?
-        De ninguna manera doña Margarita, ya su santidad ha sido demasiado buena este mes.
-        ¿Entonces? ¿A qué debemos el placer de su visita?
-        Vine a comprobar, con mis propios ojos, hasta qué grado llega vuestra beatitud.

La cara de doña Margarita no alcanzó a reflejar todas las dudas que por dentro se formaron con aquella frase del sacerdote. Pero antes de que pudiera articular siquiera la primera pregunta, horrorizada comenzó a ver cómo el sacerdote comenzó a saltar sobre sus muebles importados y destrozaba la tela de lino bordada con hilos de oro que engalanaba los cojines que hasta hacía dos segundos reposaban impolutos sobre éstos. El sacerdote parecía poseído –y no precisamente por el Espíritu Santo- brincaba y gritaba como endemoniado, mientras doña Margarita no alcanzaba a comprender qué era lo que sucedía.

De repente, el cura del pueblo, se dirige hacia la elegante barra y toma en cada mano un envase de licor diferente y comienza a regarlos por toda la alfombra.

-        ¡Mi alfombra! ¡Mi alfombra no, hombre del demonio! Pero ¿qué es lo que le pasa? ¿es que ha enloquecido?
Sin embargo el cura estaba de lo más calmado, con gran parsimonia descolgó los cuadros de la pared y bailó sobre ellos sus mejores pasos de vals –que no eran muy gráciles, dicho sea de paso -.

La paciencia de doña Margarita, curiosamente, llegó a su límite en un mínimo tiempo récord.

-        Deténgase ya o lo mando a encarcelar, desgraciado cura. ¿Acaso cree que estas cosas no tiene valor? Maldito hombre, ya decía yo que usted no estaba bien de la cabeza. Ya me lo parecía desde que llegó al pueblo con su cara de mosca muerta y sus ideas revolucionarias de amor hacia los pobres y todas esas estupideces.

¡Deje de bailar sobre mis cuadros, hijo de la /%#=!# , que son originales! ¡Cómo se ve que usted nunca ha salido de su mugre parroquilla y no conoce más allá de lo comedores comunitarios ni del asilo de ancianos. ¡Esos cuadros cuestan la fortuna que usted nunca verá, ni siquiera en mis más generosas limosnas. Ahora veo que usted ni nadie se merece mi benevolencia, ni mi lástima.

Para cuando la mujer estaba tratando de recuperar el aliento, el cura ya había tirado todos los libros de su elegante contenedor y se entretenía arrancando sus páginas, haciendo churritos de papel y sumergiéndolos en la elegante hielera que ahora tenía a sus pies.

Cuando por fin consideró que había terminado –con la paciencia de la santa, no con las cosas del salón- se dispuso a abandonar la casa, esperando nunca más volver a ver a aquella que tan poco necesitó para olvidarse de toda la santidad de la que presumía y con la que tenía abatido a todo el pueblo, no sin antes, disimuladamente arrastrar con su capa todas las figurillas de porcelana que descansaban en la mesa de centro, haciéndolas añicos.

La mujer estaba fuera de sí, lo tomó por el brazo y lo arrastró hasta la puerta principal, maldiciéndolo e insultándolo hasta más no poder. Sus ojos desorbitados chispeaban algo parecido al odio, su boca babeaba de rabia y su corazón estaba sufriendo la peor taquicardia de su vida. Poco le duró la santidad a la pobre señora cuando se topó con un santero de su tamaño.

Moraleja uno: el que entreguemos a los demás lo que nos sobra, no nos hace santos.
Moraleja dos: siempre habrá santeros en nuestras vidas, dispuestos a ponernos a prueba cada vez que presumamos de alguna cualidad.

¿Y tú qué eres? ¿Santo o santero?

“Si es Santo el que los llamó, también ustedes han de ser santos en toda su conducta, según dice la Escritura: Serán Santos, porque yo soy Santo”  (I Pedro 1, 16)

jueves, 11 de septiembre de 2014

CONCILIAR EL SUEÑO

Lo que ocurre, doctor, es que en mi caso, los sueños vienen por ciclos temáticos. Hubo una época en la que soñaba con inundaciones. De pronto los ríos se desbordaban y anegaban los campos, las calles, las casas y hasta mi propia cama. Fíjense que en mis sueños aprendía a nadar y gracias a eso sobreviví a las catástrofes naturales. Lamentablemente, esa habilidad tuvo una vigencia sólo onírica, ya que un tiempo después pretendí ejercerla, totalmente despierto, en la piscina de un hotel y estuve a punto de ahogarme.
Luego vino un periódo en que soñé con aviones. Más bien, con un solo avión, porque siempre era el mismo. La azafata era feúcha y me trataba mal. A todos les daba champan, menos a mí. Le pregunté por qué y ella me miró con un rencor largamente prolongado y me contestó: «Vos sabés bien por qué». Me sorprendió tanto aquel tuteo que casi me despierto. Además, no imaginaba a qué podía referirse. En esa duda estaba cuando el avión cayó en un pozo de aire y la azafata feúcha se desparramó en el pasillo, de tal manera que la minifalda se le subió y pude comprobar que abajo no llevaba nada. Fue precisamente ahí cuando me desperté, y, para mi sorpresa, no estaba en mi cama de siempre sino en un avión, fila 7 asiento D, y una azafata con rostro de Gioconda me ofrecía en inglés básico una copa de champán. Como ve, doctor, a veces los sueños son mejores que la realidad y también viceversa. ¿Recuerda lo que dijo Kant? «El sueño es un arte poético involuntario.»
En otra etapa soñé reiteradamente con hijos. Hijos que eran míos. Yo que soy soltero y no los tengo ni siquiera naturales. Con el mundo como está. Me parece un acto irresponsable concebir nuevos seres. ¿Usted tiene hijos? ¿Cinco? Excuse me. A veces digo cada pavada.
Los niños de mis sueños eran bastante pequeños. Algunos gateaban y otros se pasaban la vida en el baño. Al parecer, eran huérfanos de madre, ya que ella jamás aparecía y los niños no habían aprendido a decir mamá. En realidad, tampoco me decían papá, sino que en su media lengua me decían «turco». Tan luego a mí, que vengo de abuelos coruñeses y bisabuelos lucenses. «Turco vení», «Turco, quero la papa», «Turco, me hice pipí». En uno de esos sueños, bajaba yo por una escalera medio rota, y zas, me caí. Entonces el mayorcito de mis nenes me miró sin piedad y dijo: «Turco, jodete». Ya era demasiado, así que desperté de apuro a mi realidad sin angelitos.
En un ciclo posterior de fútbol soñado, siempre jugué de guardameta o golero o portero o goalkeeper o arquero. Cuántos nombres para una sola calamidad. Siempre había llovido antes del partido, así que las canchas estaban húmedas y era inevitable que frente a la portería se formara un laguito. Entonces aparecía algún delantero que me fusilaba con ganas y en primera instancia yo atajaba, pero en segunda instancia la pelota mojada se escabullía de mis guantes y pasaba muy oronda la línea de gol. A esa altura del partido (nunca mejor dicho), yo anhelaba con fervor despertarme, pero todavía me faltaba escuchar cómo la tribuna a mis espaldas me gritaba unánimemente: traidor, vendido, cuánto te pagaron y otras menudencias.
En los últimos tiempos mis aventuras nocturnas han siso invadidas por el cine. No por el cine de ahora, tan venido a menos, sino por el de antes, aquél que nos conmovía y se afincaba en nuestras vidas con rostros y actitudes que eran paradigmas. Yo me dedico a soñar con actrices. Y qué actrices: digamos Marilyn Monroe, Claudia Cardinale, Harriet Anderson, Sonia Braga, Catherine Deneuve, Anouk Aimée, Liv Ullmann, Glenda Jackson y otras maravillas. (A los actores, mi Morfeo no les otorga visa.) Como ve, doctor, la mayoría son veteranas o ya no están, pero yo las sueño como aparecían en las películas de entonces. Verbigracia, cuando le digo a Claudia Cardinale, no se trata de la de ahora (que no está mal) sino la de La ragazza con la valiglia, cuando tenía 21. Marilyn, por ejemplo, se me acerca y me dice en un tono tiernamente confidencial: «I don't love Kennedy. I love you. Only you». Sepa usted que en mis sueños las actrices hablan a veces en versión subtitulada y otras veces dobladas al castellano. Yo prefiero los subtítulos, ya que una voz como la de Glenda Jackson o la de Catherine Deneuve son insustituibles.
Bueno, en realidad vine a consultarle porque anoche soñé con Anouk Aimée, no la de ahora (que tampoco está mal) sino la de Montparnasse 19, cuando tenía unos fabulosos 26 años. No piense mal. No la toqué ni me tocó. Simplemente se asomó por una ventana de mi estudio y sólo dijo (versión doblada): «Mañana de noche vendré a verte, pero no a tu estudio sino a tu cama. No lo olvides». Como voy a olvidarlo. Lo que yo quisiera saber, doctor, es si los preservativos que compro en la farmacia me servirán en sueños. Porque ¿sabe? no quisiera dejarla embarazada.

Mario Benedetti
Buzón de Tiempo