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sábado, 28 de noviembre de 2009

MARTIRES II



San Mateo Correa Magallanes
Nació en Tepechitlán, Zacatecas, el 23 de julio de 1866. Carente de recursos económicos, gracias a la generosidad de algunos bienhechores inició los estudios de primaria en Jerez y los concluyó en Guadalajara, Jalisco, en 1879. Dejó la capital de Jalisco en enero de 1881 para ingresar al seminario conciliar de Zacatecas. Ordenado presbítero el 20 de agosto de 1893, tuvo muchos destinos: la Hacienda de Mezquite; la Hacienda de Trujillo; la capellanía de San Miguel, en Valparaíso, Zacatecas; vicario cooperador de este mismo lugar y capellán de Mazapíl, Zacatecas.
Párroco en Concepción del Oro, Colotlán, Noria de los Angeles,  Huejúcar, Guadalupe, Tlaltenango. En 1923 regresó a Colotlán donde además fue vicerrector del seminario conciliar. Párroco insigne, se entregó con entusiasmo a su ministerio. Notable predicador, sus palabras movieron a muchos a la reconciliación; a su entusiasmo se debe el crecimiento progresivo de comités de la A.C.J.M. en aquella región. Abrumado por el trabajo y necesitado de un refugio, en diciembre de 1926 aceptó hospedarse en una casa de campo. El 30 de enero siguiente, una partida de soldados del ejército federal, a las órdenes del mayor José Contreras, atendiendo la denuncia de José Encarnación Salas, arrestó al párroco. Conducido a Fresnillo, Zacatecas, se le recluyó en la inspección de policía, y, posteriormente, en la cárcel municipal. Cuatro días después, fue remitido a Durango.
El 5 de febrero fue internado en la sede del seminario conciliar, convertida en jefatura militar. Horas más tarde compareció ante el general Eulogio Ortiz, quien, sin más, le ordenó: Primero va usted a confesar a esos bandidos rebeldes que ve allí, y que van a ser fusilados; después ya veremos qué hacemos con usted. El párroco aceptó de buen grado asistir a los condenados, a quienes alentó a bien morir. Cumplida su misión, el general Ortiz le dijo: “Ahora va usted a decirme lo que esos bandidos le han dicho en confesión”. “Jamás lo haré”, fue la respuesta. “¿Cómo que jamás? Voy a mandar que lo fusilen inmediatamente”. “Puede hacerlo, pero no ignora usted, general, que un sacerdote debe guardar el secreto de la confesión. Estoy dispuesto a morir”. La madrugada del día siguiente, 6 de febrero, un grupo de soldados lo trasladó al panteón oriente. Antes de llegar, en un paraje solitario y cubierto de hierba, le quitaron la vida y abandonaron el cadáver, el cual permaneció insepulto tres días. Hoy sus reliquias se conservan en la Catedral de Durango.


San Pedro de Jesús Maldonado

Nació en Chihuahua,  el 15 de junio de 1892. A los 17 años ingresó al Seminario Conciliar de esa diócesis. Alegre, amable y bondadoso, sus condiscípulos lo recuerdan ejemplar en su conducta y dedicado a los estudios. La supresión del seminario, en 1914, lo devolvió a su hogar. Se reincorporó al seminario al año siguiente. Antes de concluir regenteó una cátedra en el propio seminario. El 25 de enero de 1918 lo ordenó presbítero el Obispo don Jesús Schuler, S.J., en su catedral de San Patricio, en El Paso, Texas. Su primer destino fue San Nicolás de Carretas, Chihuahua. Su llegada a la parroquia coincidió con una terrible epidemia; sin reparar en los peligros, socorrió espiritual y materialmente a los afectados. Párroco de Santa Isabel, desde enero de 1924, atendía con entusiasmo la catequesis infantil, y se granjeaba a los adultos con cantos y representaciones teatrales. Restauró las asociaciones extintas, fundó nuevos grupos apostólicos y encendió el entusiasmo y la piedad eucarística de sus feligreses.
Durante la persecución religiosa decidió permanecer entre los suyos. Aunque los llamados arreglos de junio de 1929 implementaron un modus vivendi entre ambas corporaciones, en Chihuahua, a partir de 1931, el anticlericalismo se recrudeció. En 1934 las autoridades públicas desterraron al párroco de Santa Isabel a El Paso, Texas. Tan pronto como le fue posible regresó a su parroquia, estableciéndose en Boquilla del Río, a tres kilómetros de Santa Isabel. El 10 de febrero de 1937, miércoles de ceniza, después de confesar a muchos feligreses en ese lugar, fue capturado por un grupo de hombres ebrios y armados. Apenas pudo rescatar el relicario con la reserva eucarística. Descalzo y a pie, seguido por un nutrido contingente de fieles, se le condujo a Santa Isabel. Apenas lo tuvo ante sí, el presidente municipal lo tomó de los cabellos y le propinó un golpe antes de conducirlo a la presencia de Andrés Rivera, cacique de la región, quien, sin más, con tremendo pistoletazo le fracturó el cráneo en círculo y le hizo saltar el ojo izquierdo. Tirado en el piso, los esbirros arremetieron en su contra. La víctima, casi inconsciente, oprimía el relicario contra su pecho. Horas después un grupo de fieles lo trasladaron al hospital civil de la ciudad de Chihuahua. Falleció a las cuatro de la mañana del día siguiente, el 11 de febrero de 1937. Sus restos se conservan en la Catedral.


San Jesús Méndez Montoya
Nació en Tarímbaro, Michoacán, el 10 de junio de 1880. Ingresó a los 14 años de edad al seminario conciliar de Michoacán, dedicándose con tesón al estudio. Presbítero desde el 3 de junio de 1906 ejerció el ministerio en Huetamo, Pedernales, y Valtierrilla. Sus feligreses lo recuerdan rezando el oficio divino en el atrio de la parroquia o de hinojos ante el sagrario. Celebraba la misa con mucha devoción y siempre estaba dispuesto a reconciliar a quien lo solicitara. Devoto de la Virgen María, la honraba con particular lucimiento durante las fiestas marianas. Promotor de acción social, cuidó con esmero de la escuela parroquial, algunas obras de beneficencia, fundó una cooperativa de consumo y el círculo de Obreros Guadalupanos. Cuando la persecución religiosa aconsejaba huir para salvar la vida, el padre Méndez decidió ocultarse y seguir trabajando en la clandestinidad. Celebraba la misa al rayar el alba, visitaba a los enfermos durante el día y por la noche bautizaba a los niños en los domicilios particulares. En distintas ocasiones manifestó su deseo de recibir el martirio: “...a quien le toque morir así, será una dicha”.
La madrugada del 5 de febrero de 1928, terminaba de celebrar la misa en uno de los anexos del curato, al escuchar las descargas de la fusilería del ejército federal, a cargo de un coronel de apellido Muñiz, que se posesionaban de Valtierrilla. Ocultó el copón con el sagrado depósito bajo la tilma que le servía de abrigo e intentó escapar, pero en ese intento fue aprehendido por los soldados que ya ocupaban el edificio. Al descubrirle el copón le preguntaron: ¿Es usted cura?, a lo cual les respondió: “Sí, soy cura”. Y añadió: “A ustedes no les sirven las hostias consagradas; dénmelas”. Después de unos instantes de recogimiento, arrodillado, las consumió. Acto continuo, uno de los soldados lo conminó: “Deles esa joya a las viejas”, refiriéndose a la hermana del ministro y a la sirvienta. “Cuídenlo y déjenme, es la voluntad de Dios”, manifestó como despedida. Luego, dirigiéndose a los soldados, dijo “Ahora, hagan de mi lo que quieran. Estoy dispuesto”. Y sus labios se sellaron.
Una escolta lo condujo a una calle próxima a la plaza del pueblo. Lo sentaron a horcajadas en una viga de madera, sostenido por dos soldados; el capitán Muñiz intentó dispararle a quemarropa, pero su pistola se trabó. Ordenó a los soldados que le dispararan con sus rifles; tres veces lo intentaron, pero ningún disparo hizo blanco. El oficial ordenó al prisionero que se pusiera de pie; lo despojó de su sotana y de un crucifijo y algunas medallas que llevaba consigo; lo colocó junto a unos magueyes y de nuevo le disparó, quitándole la vida. Eran las siete de la mañana del día 5 de febrero de 1928. Sus restos se guardan en Valtierrilla, Guanajuato.



San David Uribe Velasco
Nació en Buenavista de Cuéllar, Guerrero., el 29 de diciembre de 1888. En 1902 se matriculó en el seminario conciliar de Chilapa. Ocurrente sin ser grosero o insidioso, unió su índole inquieta a una sólida piedad. Despierto y dedicado, alcanzaba sin engreimiento los primeros lugares en concursos y exámenes públicos. Ordenado presbítero el 2 de marzo de 1913, misionó en el Tabasco de relajadas costumbres, vicios e impiedad. Párroco de Zirándaro, los movimientos armados le impidieron desarrollar su ministerio en ese lugar. De nuevo en Chilapa, durante cinco meses prestó servicios en la Catedral y en el seminario. En 1917 fue nombrado párroco de su pueblo natal, conquistando en poco tiempo el cariño de su feligresía. En 1922 pasó a Iguala.
Al suspenderse el culto público, el 1 ° de agosto de 1926, fue desalojado del curato, hospedándose desde entonces en un domicilio particular. Regresó a Buenavista, pero también las circunstancias le fueron adversas, decidiéndose a partir a la Ciudad de México. En febrero de 1927, ansioso de regresar a su parroquia, escribió: “Si la situación se prolonga me iré; poco importa que mi sangre corra por las calles de la histórica ciudad de Iturbide”. Al día siguiente, consignó: “Si fui ungido por el óleo santo que me hizo ministro del Altísimo, ¿por qué no ser ungido con mi sangre en defensa de las almas redimidas con la sangre de Cristo? Este es mi único deseo, éste mi anhelo”. El 7 de abril de ese mismo año, dispuso su regreso a Iguala.
Tripulante del ferrocarril, un militar lo invitó a pasar al carro del general Adrián Castrejón, quien, apenas lo tuvo junto a sí, le propuso adherirse a la iglesia cismática a cambio de apoyo y libertad; el clérigo rechazó las ofertas una tras otra, hasta que, muy molesto, el militar decretó su aprehensión. La noche del lunes 11 de abril de 1927, incomunicado y aherrojado, escuchó la sentencia de muerte. Le fue permitido escribir esta despedida: “Declaro ante Dios que soy inocente de los delitos de que se me acusa. Estoy en las manos de Dios y de la Santísima Virgen de Guadalupe... perdono a todos mis enemigos y pido a Dios perdón a quien yo haya ofendido”. A las 3:00 hrs. del día siguiente una escolta lo trasladó al kilómetro 168 de la carretera a México. Al pisar tierra se arrodilló para orar, al incorporarse dirigió a sus verdugos estas palabras: “Hermanos, hínquense que les voy a dar la bendición. De corazón los perdono y sólo les suplico que pidan a Dios por mi alma. Yo, en cambio, no los olvidaré delante de Él”, dicho lo cual distribuyó entre ellos sus pertenencias. Uno de la escolta le disparó a la cabeza, segándole al instante la vida. Sus reliquias descansan en la iglesia parroquial de Buenavista de Cuéllar, Guerrero.

viernes, 27 de noviembre de 2009

EL DULCE ENCUENTRO QUE ME CAMBIÓ

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Señor permite que te hable hoy
Del dulce encuentro que me cambió
La hora feliz en que yo escuché
Tus palabras de amor.

El más hermoso recuerdo que tengo de mi vida, cumple el día de hoy 23 años. El día en que conocí a Cristo.

Corría la segunda mitad de la década de los 80 cuando vivía yo una de las etapas más difíciles de mi vida: la adolescencia. Siempre fui una niña rebelde, pero en estos años la rebeldía se acentuó más todavía y aunque gracias a Dios nunca caí en cosas como el alcohol, tabaco o drogas, sexo y asuntos por el estilo, mi manera de comportarme no dejaba muchas cosas claras para mis padres. A mí lo único que me mataba era el relajo. Podía quedarme hasta altas horas de la noche platicando en casa de alguna amiga, o charlando por teléfono. Era de esas chicas que pensaban que siempre serían jóvenes y que sus padres durarían por siempre para mantenerla con todos los lujos y necesidades al alcance de la mano. Mi habitación era un desorden, mis estudios eran un desorden, mi vida era un desorden.

Escapaba de casa tarde por las  noches, cuando ya mis padres dormían, para ir a bailar a una discoteque. Me encantaba bailar, pero no podía conseguir los permisos por la buena porque a mis padres simplemente no les gustaban los amigos con los que salía. Mi mejor amigo era homosexual. Y aunque ni él ni nadie me faltaron al respeto una sola vez, nunca me ofrecieron nada, nunca me obligaron a nada, ni quisieron darme a probar cosa alguna; aunque me cuidaban y me protegían, y ESTE amigo en particular siempre fue una buena persona. La realidad es que los medios en los que nos desenvolvíamos no eran los mejores que digamos.
Los enfrentamientos con mi madre eran cada vez más fuertes, más agresivos, más ofensivos. Ella no podía entender que mi corazón no podía hacer diferencias con mi amigo, que era una gran persona. Y yo no podía entender su preocupación ni sus prejuicios.

Un buen día, llegó un primo mío Adrian, acompañado de Roberto, un amigo suyo, para invitarme a asistir a una Convivencia.
-¡Qué demonios será eso!- pensé.
-Es un lugar donde te vas a encontrar con muchos jóvenes, te vas a divertir y vas a aprender muchas cosas bonitas, no puedo decirte mucho más.
-¿Se trata de cosas de la Iglesia?  No gracias.

Este fue el inicio de un calvario para mi primo Adrián que duró más de un año. Regresaba cada dos o tres meses a pasar por el mismo dialogo y alguna que otra cara grosera porque venía a sacarme de mis importantes actividades como dormir, escuchar música, leer, hablar por teléfono con algún amigo, etc. el asunto es que Adrián se cansó y no regresó más, y cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta al poco tiempo que el amiguito ese que le acompañaba, el tal Roberto había aceptado la estafeta y tomado gratis la responsabilidad de ir cada poco tiempo a hacer la dichosa invitación.
Ya lo alucinaba, con él sí me portaba más grosera porque él no era nadie de mi familia, no lo conocía y no quería conocerlo. Sus discursos acerca de la familia, la relación con Dios y el vivir una vida mejor me tenían harta y aunque no lo recuerdo con claridad, no dudo ni tantito que algún día le haya yo dicho algo insultante. El asunto es que él también se dio por vencido y nunca más regresó.
Era un frío día a principios de noviembre. Un domingo por la tarde me dirigía a la casa de una prima a bordo de un autobús, cuando me di cuenta que en el asiento de adelante iba Roberto. Mi reacción normal, (de haber sido yo) hubiera sido levantarme con sigilo e irme a un asiento trasero, lejos de él. Pero esa vez hubo algo que me arrastró y no dejó que hiciera lo que decía mi instinto.
-¡Hola!- saludé
-¡Hola! ¿Cómo estás?
-Bien. Oye ¿hay alguna convivencia pronto?­- así, a bocajarro, sin decir “agua va”. Hasta yo misma me sorprendí, no sentí que esas palabras estuvieran saliendo en realidad de mi boca. Y el pobre de Roberto, creo que ha de haber pensado “esta chica está bien loca, quién sabe si nos convenga tenerla en la Convi”.
-Sí –dijo él- el último fin de semana de noviembre, precisamente vengo de realizar las inscripciones, pero ya no hay lugar.
-Mmmhh, bueno ya ni modo.
-¿Querías ir?
-Sí.
-Deja ver si hay una cancelación y te aviso.
-Inscríbeme de una vez, en cuanto puedas.
-O.K.  – y se bajó del colectivo-
No podía creer en lo que había hecho. De manera natural soy muy tímida y no acostumbro hablarle a las personas así, a las que no conozco. Pero ese día fue algo o alguien más quien lo hizo.

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El jueves 27 de noviembre de 1986 a las 7 de la noche estaba yo ingresando a La Casona. Lugar donde se realizaban muchos de los retiros, convivencias, encuentros que organizaban los grupos parroquiales de la ciudad.
Desde el primer momento fue algo especial para mí. Había muchos jóvenes, pero también adultos. Muchos de ellos, los de casa digamos, tenían las caras radiantes, cantaban con guitarras, aplaudían, platicaban con personas que nunca habían visto en su vida. Sin saber por qué, desde el primer momento sentí que yo pertenecía a ese lugar.
Nunca volví a salir de ahí. Asistí a muchas convivencias más, ahora como servidora. Aprendí a tocar guitarra, me integré al coro de la parroquia, comencé a asistir a misa cada domingo. Me convertí en dirigente de ese grupo y durante 14 años no me separé de él (ni de ÉL).
En ese grupo conocí a mis mejores amigos (amigos hasta la fecha), conocí al que hoy es mi esposo, supe lo que era un Grupo de Oración y me enamoré de ese proyecto. Luché con otros compañeros para construir e integrar un grupo de adultos, con convivencias exclusivas para adultos. Y bueno, también viví algunas adversidades, pero de esas no quiero acordarme hoy.
He vivido dos experiencias parecidas, una antes y otra después de aquel fin de semana de noviembre, en grupos o movimientos reconocidos internacionalmente, pero por desgracia no se le ha acercado siquiera a la experiencia que viví en el Grupo de Convivencias. No voy a mencionar el nombre de los movimientos por respeto a todos los que han encontrado ahí su experiencia de Dios. Por desgracia, mi grupo nunca tuvo la bendición de convertirse en “movimiento” debido a muchas diferencias, envidias y cosas raras que venían de fuera y que no voy a mencionar hoy pues ha pasado mucho tiempo y no resuelve nada.
Hoy estoy de fiesta y nunca terminaré de agradecerle a Dios el que me haya guiado hasta este grupo donde fui tan feliz y de donde tengo los recuerdos más lindos de mi vida.

Elegidos del Señor, todos somos a la vez
Tú y yo, él también, nuestras vidas ya cambió.
Conocemos ya al Señor, 
agradecidos siempre estaremos
Con Cristo amigo y contigo mi Dios.
Gracias por Tu amor, gracias por escucharnos,
Gracias por perdonarnos, alabado sea el Señor.





miércoles, 25 de noviembre de 2009

ALBERTO DURERO

Hoy recibí el correo de unos buenos amigos de hace muchos años que me ilustran un poco acerca de la imagen que tengo en la sub cabecera de esta página “Manos Orantes”.
En lo personal no conocía la historia que envuelve a esta imagen, así que les transcribo tal cual el correo de mis amigos, por si alguien más desea conocer tan hermoso relato.

Tere:
Entré en tu Blog y al darme cuenta que tienes la imagen de "Manos orantes" de Alberto Durero se me hizo interesante que tengas su historia... por lo menos la que encontré sobre ese cuadro hace tiempo. No sé si ya tengas estos datos, te los envío para que sepas un poco de ella.
Saludos.





Alberto Durero fue un afamado pintor y grabador alemán, sin duda alguna el representante más genial del Renacimiento en el norte de Europa. Hombre de un profundo humanismo, gozó durante su vida de gran prestigio y popularidad.
Entre las obras que más gustan a la gente y que han sido reproducidas en millones de copias, se encuentra sus “Manos Orantes”. Esta es su historia:


Alberto Durero y Franz Knigstein eran dos jóvenes amigos que luchaban contra toda adversidad por llegar a ser artistas. Como eran muy pobres y no tenían ningún mecenas que los ayudara, decidieron que uno de ellos estudiaría arte y el otro buscaría trabajo y sufragaría los gastos de los dos. Pensaban que, cuando el primero culminara sus estudios y ya fuera un artista, con la venta de sus cuadros podría subvencionar los estudios del compañero.


Echaron a suertes para decidir quién de los dos iría primero a la universidad. Durero fue a las clases y Knigstein se puso a trabajar. Durero alcanzó pronto la fama y la genialidad. Después de haber vendido algunos de sus cuadros, regresó para cumplir su parte en el trato y permitir que Franz comenzara a estudiar. Cuando se encontraron de nuevo, Alberto comprobó dolorosamente el altísimo precio que había tenido que pagar el compañero. Sus delicados y sensibles dedos habían quedado estropeados por los largos años de duro trabajo.


Tuvo que abandonar su sueño artístico, pero no se arrepintió de ello, sino que se alegró del éxito de su amigo y de haber podido contribuir a ello.


Un día, Alberto sorprendió a su amigo de rodillas y con sus nudosas manos entrelazadas en actitud de oración. De inmediato, el artista delineó un esbozo de la que llegaría a ser una de sus obras más famosas “Manos Orantes”.


Necesitamos una educación que se oriente no meramente a formar la mente, sino también el corazón y las manos. Manos siempre abiertas a la ayuda y el servicio, que nunca se cierren en puño que amenaza y que golpea. Manos hábiles, trabajadoras, que asumen el trabajo como medio fundamental de realización y buscan la excelencia en todo lo que hacen.


Manos que acarician, que saludan con afecto, que aplauden con júbilo los triunfos ajenos, que dan pero también reciben y agradecen. Manos que sanan, dan calor, acortan distancias.


Manos encallecidas por el servicio y el trabajo. Como las de Dios:


Dios tiene las manos sucias
el pelo despeinado
su ropa huele a tierra y a sudor
sus modales son rudos.
Sí, porque Dios está en el pobre que
encontramos en la calle,
el mendigo que interrumpe nuestros pasos
el obrero de manos callosas
el muchacho que vende periódicos
el mecánico embadurnado de grasa.
Dios está en el obrero de manos callosas
y frente bañada de sudor
luchando por sembrar la justicia
por sembrar el amor
en medio de protestas y rebeldías.
Así es Dios,
siempre ocupado, construyendo un ideal.
Pero hay quienes lo imaginan
sentado en su trono celestial
limpio, sereno, inmaculado
rodeado de ángeles puros,
y entonces piensan que seguir a Dios
es apartarse del mundo que les rodea
y caminan en la orilla con las manos juntas,
limpios, tranquilos, felices de vivir allí.
De vez en cuando meten las manos en el mundo
para hacer una buena acción
que es más bien un tranquilizante de conciencia
y procuran no mancharse
no contaminarse con la suciedad
y vuelven a tomar su camino
convencidos de que siguen a Dios.
Pero se olvidan que Dios tiene las manos sucias
y que vive con los pobres
y que quien quiere seguirle
debe disponerse a ensuciarse las manos.
Dios está aquí, con sus hijos predilectos:
los pobres.
¿De qué sirve si te vas por la orilla?
Dios quiere que te ensucies las manos con El
que te enredes en la trama humana,
como lo hace El.
No te ocultes en el manto de Dios
para no tener nada que ver con los que te rodean.
Dios lucha en el hombre de hoy
y cuenta contigo.


¡Gracias chicos!

lunes, 23 de noviembre de 2009

MIRANDO LO NEGRO


-Mira abuela qué bonitos zapatos trae Luisa.
-Ah, qué bonitos van a estar, si ni siquiera se da tiempo para limpiarlos.
-Ay Abuela, pero si son nuevos.
-Mmmm.

-¿Ya supiste que Genaro se tituló de médico?
-Mmmh para lo que le va a servir, si ni le gusta su profesión. Él andaba siempre en las cantinas cuando era jovencito. ¡Ya parece que voy a dejar que éste me opere algún día!

-Abuela, me enteré que Carlota se va a casar con un excelente muchacho de la capital.
-¡qué va! Mija, ese muchacho dicen que le gusta la droga y que trata bien mal a Carlota.
-No abuela, yo lo conocí y es bien amable y simpático.
-Caras vemos....


A veces vamos por la vida como esta abuelita, buscando solamente lo malo en los demás, a pesar de que sus virtudes salgan a flote o sean evidentes. ¿No deberíamos de ir al revés? ¿No deberíamos de tratar de encontrar las cosas positivas aún en aquellas personas que se encargan por sí solas de mostrar solo sus defectos?


sábado, 21 de noviembre de 2009

MÁRTIRES

En 1926, el presidente de México Plutarco Elías Calles promovió una reforma al artículo 130 de la Constitución. Esta reforma buscaba limitar o suprimir la participación de las iglesias en general en la vida pública, pero--dadas algunas características de la legislación, como el hecho que se obligaba a los ministros de culto a casarse y se prohibía la existencia de comunidades religiosas--es posible afirmar que tenían un claro sesgo anti-católico por ser esta confesión la única que en México cuenta con ministros solteros y con comunidades en las que personas deciden convivir. Debido a esto, miles de católicos decidieron formar una resistencia civil y por lo que fueron nombrados “Los Cristeros”. Miles de ellos murieron defendiendo su fe y como muestra de ello SS Juan Pablo II presidió la ceremonia de canonización a 27 de ellos (aquí solo 4) que dejaron su vida en el martirio por amor a Cristo. Este domingo, junto con ellos, estaremos levantando ese grito de amor, de unidad, de fe, de entrega que tanto los caracterizó:
¡VIVA CRISTO REY!



San Luis Batís Sainz
Nació en San Miguel del Mezquita, Zacatecas. el 13 de septiembre de 1870. Alumno del seminario conciliar de Durango, fue ordenado presbítero el 1 ° de enero de 1894. Apenas ordenado se le confió la
Parroquia de San Juan de Guadalupe, Durango., y en octubre de 1902 la de Canatlán, Durango. En la ciudad episcopal fue director espiritual en el seminario conciliar. En agosto de 1925 fue nombrado párroco de Chalchihuites, Zacatecas, su último destino, donde estuvo pocos pero fecundos meses.
Promovió la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), fundó un taller de obreros católicos y una escuela apostólica. Atento, amable, alegre y bondadoso, siempre de buen humor, sabía ganarse la simpatía de los niños. Lleno de fervor por la Eucaristía, celebraba la misa con notable piedad. Alguna vez dijo: Señor, quiero ser mártir; aunque indigno ministro tuyo, quiero derramar mi sangre, gota a gota, por causa de tu nombre.
El 31 de julio de 1926, en el último oficio religioso público que presidió, dijo, refiriéndose a la legislación anticlerical que entraría en vigor al día siguiente: El autor de esta desdicha no es el Gobierno, ni el presidente
Calles, sino los pecados de todos, y por lo mismo, no deben los católicos levantarse en armas, no es esa una conducta cristiana. Acusado de conspirar contra el gobierno, la noche del 14 de agosto, once soldados del 6° batallón de infantería, al mando del teniente Blas
Maldonado, arrancaron del lecho en el que descansaba al respetable párroco. Venimos por ti, tú estás atropellando las leyes del general Calles. Has estado diciendo Misa y bautizando y casando ocultamente. Este fue su delito. Poco después fueron capturados tres
jóvenes de la A.C.J.M. A las doce horas del día siguiente dos escoltas se llevaron de Chalchihuites, al párroco y Manuel Morales, David Roldan y Salvador Lara. El semblante del clérigo era sereno, tranquilo y sonriente. ¡Señor Cura, no nos olvide!, gritó uno. Si son mis hijos, no
los olvido. Luego, desde la ventanilla del vehículo que los llevaría al patíbulo, dijo: Les voy a impartir la bendición y, por favor, no me sigan; no pasará nada. En una encrucijada donde se dividen los caminos a Las Bocas y a Canutillo, después de caminar unos 500 metros, los
soldados se formaron en cuadro. El párroco pidió la palabra: Les ruego que en atención a los niños pequeños que forman la familia de Manuel Morales, le perdonen la vida. Yo ofrezco mi vida por la de él. Seré una víctima, estoy dispuesto a serlo. Impávida, la tropa escuchó esta
súplica. Ante la inutilidad de sus argumentos, don Luis Batis se despidió de su compañero: Hasta el cielo. Una descarga cerrada de fusilería segó sus vidas. Sus restos se veneran en la que fue su iglesia parroquial.



San Manuel Morales
Nació en el municipio de Sombrerete, Zacatecas, el 8 de febrero de 1898. Muy niño llegó a radicar a Chalchihuites. Alumno del seminario conciliar de Durango, debió interrumpir su formación para atender las
necesidades de su familia. De nuevo en Chalchihuites, se empleó como dependiente de un comercio; tiempo después, con el fruto de sus ahorros pudo establecer una panadería. En 1921 contrajo matrimonio con la maestra Consuelo Loera, quien le dio tres hijos. Cristiano íntegro, gozó de la estimación de los vecinos por atento y amable; respetuoso y fiel con su esposa, padre de familia ejemplar, vivió intensamente su condición de bautizado.
Interesado en la acción social católica, se afilio al Círculo de Obreros Católicos León XIII, del que fue secretario y a la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, de la que fue socio fundador. Nutrían su vida cristiana la oración y la Eucaristía, que recibía con frecuencia; manifestó la intensidad de su fe y entrega a Dios en su trabajo, modesto y honrado. La armonía conyugal y familiar y de sus relaciones amistosas con los demás, complementaban su vida sencilla y fervorosa.
En junio de 1925 encabezó en Chalchihuites una filial de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. La víspera de la suspensión del culto público en México, el 29 de julio de 1926, los miembros de la Liga sesionaron públicamente en la plaza de toros del lugar. Manuel arengó a los presentes: Nuestro proyecto es suplicar al gobierno se digne ordenar la derogación de los artículos constitucionales que oprimen la libertad religiosa.
Terminó su discurso con elocuencia: A los cuatro vientos y con el corazón henchido de júbilo gritemos: ¡Viva Cristo Rey y la Morenita del Tepeyac! Donaciano Pérez, presidente municipal, deseoso de arremeter contra los activistas católicos, denunció la manifestación a la
jefatura de operaciones militares de Zacatecas. El jefe militar, general de división Eulogio Ortiz, envió a Chalchihuites once soldados con la orden de aprehender y ejecutar al párroco de ese lugar y a los líderes
principales de los laicos. Los soldados se posesionaron de Chalchihuites la noche del sábado 14 de agosto, y de inmediato arrestaron al párroco. Enterado de los hechos, Manuel Morales convocó algunos vecinos para gestionar la libertad del señor cura; la reunión fue interrumpida por los soldados: ¡Manuel Morales!, preguntaron. ¡A sus órdenes!, respondió el aludido. Horas más tarde, junto con el párroco Batis, a bordo de un automóvil fue trasladado a una encrucijada de caminos. Cuando el párroco trató de salvarle la vida, alegando que Manuel tenía hijos pequeños; el aludido lo interrumpió: Deje que me fusilen, señor cura. Yo muero pero Dios no muere, Él velará por mi esposa y mis hijos. Luego exclamó: ¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe! Las balas de los rifles segaron su vida. Sus restos yacen en la parroquia de Chalchihuites.



San Salvador Lara Puente
Nació en el municipio de El Súchil, Durango., el 13 de Agosto de 1905. Alumno del seminario conciliar de Durango, dejó el plantel debido a la pobre situación de su familia. Sano del cuerpo y del alma, limpio en su conducta, simpático, lleno de vida y vigor físico y muy sociable, practicaba la charrería. Empleado de confianza en una mina, colaborador asiduo del párroco, fue presidente de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y secretario de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa en Chalchihuites. La mañana del 15 de agosto de 1926, después de su trabajo, descansaba tranquilamente en su hogar, recibió la triste nueva del arresto del párroco. En una reunión a la que asistió para deliberar la manera de impedir cualquier atentado contra el párroco, se hicieron presentes los soldados del ejército federal, y mencionaron su nombre: ¡Aquí estoy!, respondió y lo aprehendieron. Al mediodía lo sacaron de la prisión y junto con su primo David Roldan, fue trasladado en un vehículo que debía llevarlos a Zacatecas; a poco andar, en una encrucijada del camino, Salvador y David contemplaron los cadáveres del párroco y de Manuel Morales. Los hicieron caminar algunos pasos más. Los jóvenes iban rezando. Salvador, en la plenitud de la vida se colocó frente al pelotón y con la frente en alto gritó al unísono de David Roldan: ¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe! Una descarga de fusilería segó su vida. Sus restos descansan en la parroquia de Chalchihuites.



San David Roldan Lara
Nació en Chalchihuites, Zacatecas., el 2 de marzo de 1902. Contaba un año de edad cuando murió su padre. Su formación académica comenzó en un colegio privado; adolescente, ingresó al seminario conciliar de Durango, estancia interrumpida por las penurias económicas. Hijo modelo, fue con su madre respetuoso, obediente y atento; procuraba evitarle todo disgusto y molestia. Era la alegría de su casa por jovial y responsable. Comulgaba con frecuencia y fue uno de los grandes cooperadores del párroco don Luis Batis. A los 17 años se integró al personal de una mina próxima a Chalchihuites; su carácter, preparación y responsabilidad, merecieron la confianza del gerente de la empresa Gustavo Windel, quien lo hizo su secretario y contador. Sostuvo relaciones de noviazgo con la hija del señor Windel que llegaron a la petición formal de matrimonio, proyecto truncado por los conflictos que se suscitaron entre los católicos y el Estado mexicano, a partir de 1926. Laico comprometido, David se afilió a la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, establecida en su parroquia, y en 1925 fue elegido presidente de la misma. Cuando se fundó una filial de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa en Chalchihuites, David fue electo vicepresidente. Sus propuestas fueron resistir de manera organizada y pacífica la llamada Ley Calles.
El alcalde de Chalchihuites, Donaciano Pérez, acusó al párroco del lugar y a sus colaboradores de incitar a la sedición. El domingo 15 de agosto de 1926 David fue aprehendido en su domicilio particular. El joven se entregó sin muestras de aflicción o temor. Un grupo de vecinos gestionaron, sin obtenerlo, la libertad de los presos. Don Gustavo Windel, ofreció al teniente un rescate, pero el verdugo, fingiendo, le dijo: No hay necesidad de dinero, sólo van a Zacatecas a fin de que den unas declaraciones, pero nada les pasará. Al mediodía, cuando salieron de la prisión para ser conducidos al patíbulo; el semblante de David no perdió la compostura. Antes de ser fusilado, alcanzó a decir: ¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!
Sus restos se guardan en la parroquia de Chalchihuites, Zacatecas.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

UN HOMBRE VENIDO DE UN MUNDO LEJANO


Parece que se acerca el momento que estamos esperando desde hace 4 años. SS Juan Pablo II será nombrado Venerable en poco menos de un año y esto abre el camino que estoy segura será directo y sólo cuestión de poco tiempo para que tengamos un nuevo Santo en la Iglesia.
La noticia me ha alegrado y estoy confiada en que este hombre que nos ha enamorado a tantos, que ha sido instrumento para dar a conocer a Cristo y que ha sido ejemplo para muchos hombres de estado, será también ejemplo para futuras generaciones.
Por ello comparto en esta ocasión este video acompañado por la letra de la canción. Nunca la había escuchado y me gustó para completar el post.



Homenaje de Amedeo Minghi a  
Su Santidad el Papa Juan Pablo II
1998




Un hombre venido de muy lejos

Un hombre venido de un mundo lejano,
recuerdan sus ojos los campos de grano,
el viento de Auschwitz en su corazón
mientras escribía poesías de amor,
amor que nace desde el alma de un hombre,
por todos los hombres.

Un hombre venido de un mundo lejano,
llevaba el dolor y un libro en sus manos,
alguien disparó y yo aquel día he llorado,
mas todo el mundo se quedó a su lado,
la gente allí su corazón descubre
pues la verdad no muere.

Un hombre que parte, vestido de blanco,
por mil y un países mas nunca cansado,
esconde en sus ojos un dolor profundo,
al ver los caminos errados del mundo,
la guerra y la gente que cambia su vida,
es la verdad perdida...

Va, dulce, grande hombre, va
va, habla de la libertad,
va, donde guerra y hambre sin piedad
han matado hasta la dignidad,
va y recuerda a este corazón.

Que Caín soy también yo.
Del Este ha llegado el toque de corneta,
el mundo se para, algo pasa que cambia,
y el pueblo que grita: "Queremos a Dios,
la libertad es un regalo suyo".

Tú abre los brazos, y animas los hijos
a ser todos hermanos.

Va, dulce, grande hombre, va
va, habla de la libertad,
va, donde el hombre tiene por hermana
solo lepra y moscas en la cara
Va y recuerda a este corazón.

Que Caín soy también yo.



martes, 17 de noviembre de 2009

SAN JUAN DIEGO


"El águila que habla"
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
(1474-1548)




« Su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral,
su desprendimiento y su pobreza evangélica.  Llevando una vida de eremita, aquí, cerca del  Tepeyac, fue ejemplo de humildad.»


                         Juan Pablo II,  6 de mayo de 1990

 

Creo que éste es el más controvertido de todos los santos mexicanos. Muchos dicen que ni siquiera existió y le ponen en duda junto con el milagro del Tepeyac.
Sin embargo, el milagro sigue presente día a día, colgado en el interior de la basílica de Guadalupe y refrenda a su vez, la existencia, inocencia, confianza y santidad de Juan diego.
En 1990, en la ceremonia de beatificación de Juan Diego, el Papa Juan Pablo II se refirió a él como «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac» ¡Qué hermosa manera de llamar a Juan Dieguito! –como la Virgen lo llamó-
Su VIDA
Según la tradición, Juan Diego nació en 1474 en Cuauhtitlán, entonces reino de Texcoco, perteneciente a la etnia de los chichimecas. Su nombre indígena era Cuauhtlatoatzin, que significaba «Águila que habla», o «El que habla con un águila».

Ya adulto y padre de familia, fue bautizado por los primeros franciscanos, en torno al año de 1524 junto con su esposa María Lucía. Celebrado el matrimonio cristiano, vivió castamente hasta la muerte de su esposa. En el tiempo de las Apariciones, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad, y tenía apenas dos años de viudo ya que su mujer había muerto en 1529. Hombre de fe, fue coherente con sus obligaciones bautismales, nutriendo regularmente su unión con Dios mediante la eucaristía y el estudio del catecismo.

Juan Diego era profundamente piadoso, acudía todos los sábados y domingos a Tlaltelolco, un barrio de la Ciudad de México, donde aún no había convento, pero sí una llamada "doctrina", donde se celebraba la Santa Misa y se conocían "las cosas de Dios que les enseñaban sus amados sacerdotes". Para esto, tenía que salir muy temprano del pueblo de Tulpetlac, que era donde en ese momento vivía y caminar hacia el sur hasta bordear el cerro del Tepeyac.
LAS APARICIONES
El sábado 9 de diciembre de 1531 sería un día muy especial, pues al pasar a lo largo de la colina del Tepeyac  escuchó que provenía de ella un maravilloso canto y una dulce voz lo llamaba desde lo alto de la cumbre: "Juanito, Juan Dieguito". Llegando a la cima, encontró a una hermosa Doncella que estaba ahí de pie, envuelta en un vestido reverberante como el sol. María Santísima, se le presentó como «la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios». Hablando en perfecto náhuatl, se presentó como la Madre de Ometéotl, del único Dios de todos los tiempos y de todos los pueblos, cuya voluntad era que se levantara un templo en aquel lugar para dar todo su amor a todo ser humano, por lo que le pide que sea su mensajero para llevar su voluntad al obispo franciscano Juan de Zumárraga.
Después de una larga y paciente espera, el indio mensajero le comunicó todo lo que había admirado, contemplado y escuchado, y le dijo puntualmente el mensaje de la Señora del Cielo, la Madre de Dios, que le había enviado y que su voluntad era que se le erigiera un templo. Pero el Obispo no le creyó.
Juan Diego regresó al cerrillo ante la Señora del Cielo, y le expuso cómo había sido su encuentro con el jefe de la Iglesia en México. Juan Diego entendió que el obispo pensaba que le mentía o que fantaseaba, y con toda humildad le dijo a la Señora del Cielo que mejor enviara a algún noble o alguna persona importante ya que él era un hombre de campo, una persona común sin importancia, y con toda sencillez le dijo: “Virgencita mía, Hija mía la menor, Señora, Niña; por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía".
La Reina del Cielo escuchó con ternura y bondad, y con firmeza le respondió al indio: "Escucha hijo mío, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien encargue que lleven mi palabra para que efectúen mi voluntad; pero es necesario que tú personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se lleve a efecto mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber mi voluntad, para que haga el templo que le pido. Y de nuevo dile de qué modo yo personalmente, la siempre Virgen Santa María, que soy la Madre de Dios, te mando"
Así que al día siguiente regresó ante el obispo para nuevamente darle el mensaje de la Virgen y el Obispo le pide una señal que confirme su mensaje. Juan Diego al regresar abatido a su casa se encuentra con que su tío se encuentra gravemente enfermo y ante la inminente muerte le pide a su sobrino que vaya a la Ciudad de México a buscar un sacerdote que le diera los últimos auxilios, así que el 12 de diciembre, muy de mañana Juan Diego corrió hacia el convento de los franciscanos en Tlaltelolco, pero al acercarse al lugar donde se había encontrado con la hermosa Doncella, reflexionó con candidez, que era mejor desviar sus pasos por otro camino, rodeando el cerro del Tepeyac por la parte Oriente y, de esta manera, no entretenerse con Ella y poder llegar lo más pronto posible al convento de Tlaltelolco, pensando que más tarde podría regresar ante la Señora del Cielo para cumplir con llevar la señal al Obispo.
Pero María Santísima salió al encuentro de Juan Diego y le dijo: "¿Qué pasa Juan Dieguito, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?" El indio quedó sorprendido, confuso, temeroso y avergonzado, y le comunicó con turbación la pena que llevaba en el corazón: su tío estaba a punto de morir y tenía que ir por un sacerdote para que lo auxiliara.
María Santísima escuchó la disculpa del indio con apacible semblante; comprendía, perfectamente, el momento de gran angustia, tristeza y preocupación que vivía Juan Diego; y es precisamente en este momento en donde la Madre de Dios le dirige unas de las más bellas palabras, las cuales penetraron hasta lo más profundo de su ser y del mío y el de todos si tomamos para nosotros estas palabras maravillosas que la Virgen pronunció aquel día:
"Escucha (Tere, Luis, Martín, Carla, Alejandra, Ángel, Miguel. . .) y ponlo en tu corazón, Hijito mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante aflictiva (problemas, adversidades, obstáculos, engaños).
¿No estoy Yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo Mi sombra y resguardo? ¿No soy Yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de Mi manto, en el cruce de Mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?" Y la Señora del Cielo le aseguró: "Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno".
Y efectivamente, en ese momento, María Santísima se encontró con el tío Juan Bernardino dándole la salud, de esto se enteraría más tarde Juan Diego,
quien tuvo fe total en lo que le aseguraba la Reina del Cielo, así que consolado y decidido le suplicó inmediatamente que lo mandara a ver al Obispo para llevarle la señal de comprobación, para que creyera en Su mensaje.

La Virgen Santísima le mandó que subiera a la cumbre del cerrillo, en donde antes se habían encontrado; y le dijo: "Allí verás que hay variadas flores: córtalas y ponlas todas juntas: luego baja y tráelas a Mi presencia".
Juan Diego inmediatamente subió al cerrillo, no obstante que sabía que en aquel lugar no había flores, ya que era un lugar árido y lleno de peñascos, y sólo había abrojos, nopales, mezquites y espinos; además, estaba haciendo tanto frío que helaba; pero cuando llegó a la cumbre, quedó admirado ante lo que tenía delante de él, un precioso jardín de hermosas flores variadas, frescas, llenas de rocío y difundiendo un olor suavísimo; y comenzó a cortar cuantas flores pudo abarcar en el regazo de su tilma. Inmediatamente bajó el cerro llevando su hermosa carga ante la Señora del Cielo.

María Santísima tomó en sus manos las flores colocándolas nuevamente en el hueco de la tilma de Juan Diego y le dijo: "Mi hijito el menor, estas diversas flores son la señal que llevarás al Obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi voluntad; y tú..., tú que eres mi mensajero... en ti absolutamente se deposita la confianza”.

Después de un largo tiempo de espera pudo estar delante del Obispo, y él supo que portaba la prueba para convencerlo. En ese momento, Juan Diego, extendiendo su tilma, dejó caer en el suelo las preciosas flores; y se vio en ella, admirablemente pintada, la Imagen de María Santísima, como se ve hasta el día de hoy, y se conserva en su sagrada casa.


El Obispo Zumárraga, junto con su familia y la servidumbre, sintieron una gran emoción, no podían creer lo que sus ojos contemplaban, una hermosísima Imagen de la Virgen, la Madre de Dios, la Señora del Cielo impresa en la tilma de Juan Diego. El Obispo "con llanto y tristeza, le pidió perdón por no haber realizado su voluntad de inmediato. Además, el obispo confirmó también la salud del tío Juan Bernardino, quien declaró que en ese preciso momento a él también se le había aparecido la Virgen, exactamente en la misma forma como la describía su sobrino, y que la hermosa Doncella le había dicho su nombre:

LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE.   
Que desde aquel momento se convirtió en el corazón espiritual de la Iglesia en México.
VIDA DE SANTIDAD
San Juan Diego, movido por una tierna y profunda devoción a la Madre de Dios, dejó los suyos, la casa, los bienes y su tierra y, con el permiso del Obispo, pasó a vivir en una pobre casa junto al templo de la «Señora del Cielo». Su preocupación era la limpieza de la capilla y la acogida de los peregrinos que visitaban el pequeño oratorio, hoy transformado en este grandioso templo, símbolo elocuente de la devoción mariana de los mexicanos a la Virgen de Guadalupe.

En espíritu de pobreza y de vida humilde San Juan Diego recorrió el camino de la santidad, dedicando mucho de su tiempo a la oración, a la contemplación y a la penitencia. Dócil a la autoridad eclesiástica, tres veces por semana recibía la Santísima Eucaristía.

Aquellos que en la actualidad hayan tratado con algún indígena devoto de la Virgen, darán fe de las características especiales que estos hombres y mujeres tienen: humildad, sencillez, entrega, fidelidad, honestidad, fidelidad. Así que no hallo fuera de límites la descripción que se hace de este Santo hombre.

Juan Diego, laico fiel a la gracia divina, gozó de tan alta estima entre sus contemporáneos que éstos acostumbraban decir a sus hijos: «Que Dios os haga como Juan Diego». Circundado de una sólida fama de santidad, murió en 1548.

El 31 de julio de 2002, SS Juan Pablo II proclamó públicamente la santidad de Juan Diego en una Solemne Misa de Canonización en la Basílica de la Virgen de Guadalupe en México.
Su fiesta la fijó el mismo Santo Padre el 9 de diciembre porque ése "fue el día en que vio el Paraíso" (día de la primera aparición).
La canonización de Juan Diego es un don extraordinario no sólo para la Iglesia en México, sino para todo el Pueblo de Dios.
"Y absolutamente toda esta ciudad, sin faltar nadie, se estremeció cuando vino a ver,
a admirar su preciosa Imagen. Venían a reconocer su carácter divino. Venían a presentarle sus plegarias. Mucho admiraron en qué milagrosa manera se había aparecido, puesto que absolutamente ningún hombre de la tierra pintó su amada Imagen."
ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, pp. 66-67